Tiempo de descubrimientos


Quién nos iba a decir hace un mes que íbamos a añorar algo tan inocente como pasear sin rumbo

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Calle Concepción durante el confinamiento. /Foto: LVC

A la espera de lo que nos depare el futuro, lo único cierto a día de hoy es que la pandemia del coronavirus ha sido un parón en seco en nuestra forma de vivir y de entender la vida. Mientras tanto, en casa, tenemos tiempo de sobra para reflexionar sobre cuestiones que, hasta hace poco más de un mes, las considerábamos intrascendentes.

La reclusión domiciliaria sirve para para reconciliarnos con nosotros mismos, con nuestro entorno, con nuestra capacidad para llenar un tiempo que nos sobra ahora que no podemos cruzar la puerta de la calle. Cada uno está dedicando este confinamiento a algo con lo que hacer que el paso de las horas no haya que marcarlo con muescas en la pared, como hacía los presos de los tebeos. Quien tiene la suerte de mantener aún el trabajo puede salir, si cuenta con dispensa para ello, o hacerlo telemáticamente desde la mesa del comedor.

Pero también es el tiempo de la incertidumbre de quienes se encuentra inmersos en un ERTE del que desconocen cómo acabará o, peor aún, quienes ya cuentan con la negra certeza de un desempleo que llega en el peor de los momentos a la vez que hay que mantener el tipo ante una familia a la que no se le quiere acrecentar la desgracia.

Son tiempos negros, sí, estos del confinamiento. Comprendo plenamente a quienes ya no le apetece salir a aplaudir al balcón. Tienen sus razones para ello, lo mismo que los sanitarios, los policías, las cajeras de los supermercados y los repartidores, entre otros muchos colectivos, cuentan con el reconocimiento de una sociedad que valora con creces el mérito de ir todos los días al tajo sin que el Gobierno central les haya provisto de los medios imprescindibles con los que proteger su vida y la de los suyos.

Conforme avanza el tiempo del confinamiento se reduce el espacio para el folclore. El crecimiento en la cifra de muertos da vértigo, sobre todo si se compara con la de otros países, y se le pone nombre y apellidos, y una familia que sigue encerrada en casa con el dolor natural de toda muerta y con el dolor añadido de las circunstancias en que su familiar ha pasado a engrosar, como una cifra más, una estadística que se moldea al antojo de la superioridad y sobre la que se procura esquivar el foco de la actualidad, no vayamos a ser como otros países, que no dudan lo más mínimos en rendir los honores que merecen estas víctimas.

Llevamos un mes de confinamiento y nuestra vida ha cambiado. Quién nos iba a decir hace unas semanas que unos señores, llamados verificadores, iban a decidir lo que estaba bien y lo que estaba mal, algo que en toda democracia hacen los jueces. Ah, es el nuevo tribunal progre que ha convertido a la inquisición centroeuropea, la más sanguinaria de todas, en un juego de niños de parvulario.

Quién nos iba a decir hace un mes que íbamos a añorar algo tan inocente como pasear sin rumbo, elegir entre un bar u otro, o sentarnos en un banco a ver cómo la vida discurre entre los abuelos que sacan a los nietos, las parejas atentas a sus teléfonos móviles, la señora satisfecha que sale de la peluquería o el joven que ha decidido volver mañana a comprar el pantalón que ha visto en el escaparate. 

Si preguntamos -sin ser el CIS, afortunadamente- por las prioridades de cada uno de nosotros, saldrán por este orden la salud de todos, la estabilidad laboral y la recuperación de la economía. Son, claro que sí, obviedades que hasta ahora no nos importaban lo que nos importan ahora. Son, lo queramos o no, los fundamentos de la vida misma.