El Cani


Francisco Vázquez Vacas perteneció a una generación heroica de cofrades en unos tiempos difíciles

Cristo del Amor./Foto: José A. Soler

Ser cofrade hace medio siglo era ser un héroe. Las hermandades no atravesaban su mejor momento y quienes estaban inmersos en este mundo lo tenían doblemente complicado, ya que el remar contracorriente de forma constante era su forma de vida. Aquella generación fue dura, se curtió en la adversidad y aunque ahora sean pocos los que se acuerden de ella, sin su trabajo hubiera sido imposible llegar al momento actual.

Los años 60 y 70 del pasado siglo fueron muy especiales para la Iglesia Católica. Fueron los años del ‘aggiornamento’, del Concilio Vaticano y de los curas obreros. Los niños de aquellos años sólo olíamos el incienso en Semana Santa, ya que había desaparecido de los templos el resto del año. Todo lo que tuviera que ver con las formas de otros tiempos era -digamos- algo anticuado, que no se llevaba, que no tenía hueco.

Había que tener mucho músculo para ser cofrade en aquellos tiempos y Francisco Vázquez Vacas lo tenía, acaso por ser ciclista. Su nombre está estrechamente vinculado a la hermandad del Cristo del Amor, en la que hizo de todo lo que se podía hacer. Eran los tiempos en los que sólo se contaba con el paso del Crucificado, pequeño y endeble, con el que se hacía el que era el recorrido más largo de aquella época. Toda una proeza. El Cani metió el hombro junto con otros miembros de la hermandad para que aquello subiera como la espuma. Y lo consiguieron.

El trabajo de aquella generación de heroicos cofrades no supera a buen seguro el estándar de calidad que imponen quienes hoy están en las juntas de gobierno y todo lo miran con la ceja levantada, ni falta que hace, pero nadie les podrá negar que de no ser por ellos más de una cofradía se hubiera quedado por el camino, porque los únicos que defendían el movimiento cofrade eran precisamente ellos. Y nadie más.

La Semana Santa se limitaba estrictamente a los diez días que van del Viernes de Dolores al Domingo de Resurrección y todo lo que se saliera de estas fechas estaba mal visto, incluso, desde el propio seno de una Iglesia Católica que ya había desterrado el órgano y el armonio en favor de la guitarra y la pandereta. Durante el resto del año, los cofrades de la generación de Vázquez Vacas tenían poco menos que trabajar en la clandestinidad para que todo estuviera mínimamente listo cuando llegara el momento. Entonces, sí, a a todos les gustaba la Semana Santa.

Y a El Cani seguro que no le faltaba el ingenio. Si era capaz capaz de vestirse de payaso, montarte una tómbola, organizar una carrera ciclista o tirar cohetes es que era capaz de todo. Y para que todo el mundo se enterara, montaba un equipo de megafonía en el techo de un renqueante ‘mercedes’ y se recorría la ciudad de punta a rabo mientras saludaba por la ventanilla a los muchos que conocía, antes de subirse a las gradas del Coso de los Califas y poner el gesto serio en los primeros compases del pasodoble ‘Manolete’. Y acabó de merecido Cofrade Ejemplar.

Esta actitud polifacética la imprimió como código de conducta vital a sus hijos. José Antonio sigue al frente de la banda en la que no le cabía más satisfacción que tocar los platillos con toda formalidad, mientras que su hija Rafi, viendo todo lo que su padre había hecho por la hermandad, no lo dudó a la hora de ceñirse el costal cuando aquello se consideraba poco menos que una provocación que fue portada en el diario ‘El País’ de aquella época.

El Cani ha muerto en plena Semana Santa y en plena pandemia de coronavirus. Qué mala suerte. De no haber sido así, la banda que el creó y la que reforzaba cada año con músicos que traía de Valencia y que alojaba en su casa, hubiera estado en la puerta de la iglesia del Cerro. De no haber sido así, si se le hubiera preguntado qué le gustaría que tocasen hubiera respondido sin titubear que el ‘Ave María de Fátima’.

1 Comentario

  1. Genial. Verdades como puños que ahora mismo no todos reconocen como deberían. Los que vivimos la Semana Santa en los años previos y posteriores a la Transición sabemos bien qué suponía entonces sentirse cofrade. Enhorabuena, Jesús

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