Una generación nueva


La escala de valores se ha sacudido y lo fundamental vuelve a estar por encima de lo accesorio

joven mascarillas coronavirus moreno
Joven con mascarilla. /Foto: LVC

Ha sido necesario, solamente, una semana de confinamiento en España para poner en solfa cuestiones que hasta hace sólo unos días nadie se atrevía a cuestionar. No había quien pusiera en duda la solidez de nuestra sociedad, de sus valores, de sus logros. Ha bastado un virus, sólo un virus, un minúsculo virus, para que todo se venga abajo. Estábamos pendientes de otro tipo de cataclismos naturales más apocalípticos y grandilocuentes cuando algo tan insignificante como un virus se ha encargado de decir en el planeta que si alguien tiene poder es él, y nadie más, para hace que otros tomen decisiones que nunca se habían planteado tomar.

Desde oriente a occidente, como una oleada, el virus ha devastado y dejado muertes, muchas muertes a su paso. Ha puesto a prueba la capacidad de muchos gobiernos. La prioridad, lógicamente, es la sanitaria, reducir a la mínima expresión el número de víctimas y que todos salgamos de ésta como sea. Cuando se haya superado esta pandemia y el virus esté dominado a base de vacunas será el momento de afrontar otra crisis que ahora, larvadamente, está haciendo de las suyas con unas garras que hieren de lo lindo. Muchos se afanan en mantener la armonía familiar durante el confinamiento, que sus hijos no perciban ni el riesgo ni el drama que esto supone. Por la noche, al ir a la cama, se congratularán de haber superado un día más. Pero también -y esto no se lo dicen a nadie- es otro día sin que haya sonado el teléfono, sin haber recibido un whatsapp o un correo de la empresa comunicádole lo peor. 

La pandemia del coronavirus dejará en primer lugar un número aún indeterminado de víctimas mortales. Después habrá otras víctimas, que son aquellas personas que quedan fuera del mercado laboral o con unas condiciones aún más mermadas. Ojalá las razones sean justificadas; así todos tendrán las conciencias tranquilas.

Pero estos días de confinamiento son también de convulsión social. La escala de valores se ha sacudido y lo fundamental vuelve a estar por encima de lo accesorio. Ni el Real Decreto de estado de alarma ni los comunicados del Gobierno están contaminados del sesgo de género, dicen que la atmósfera está más limpia, y han empezado a cobrar valor cosas que antes no lo tenían. Una ventana o un balcón, por ejemplo, son ahora más apreciados que hace un mes, ya que por ellos vemos y nos entra la vida que hasta hace unos días nadie apreciaba. Como tampoco se apreciaba  el valor -que no el precio- de una mascarilla o unos guantes de nitrilo, o la importancia de contar con recursos sanitarios, humanos y materiales, suficientes.

Confío plenamente en que la política de salud, entre otras muchas cosas, cambien tras esta crisis. A todos nos ha quedado clara la importancia de toda la escala de profesionales de la sanidad. Que el concepto de política de Estado prime sobre partidismos de aldea que han quedado menguados hasta la insignificancia, y que el bien común se sobreponga al interés general, que no es lo mismo aunque nos lo quieran hacer creer. 

Llevamos una semana de confinamiento y todos hemos cambiado. Falta ahora que los políticos lo hagan. Somos personas nuevas que ahora sabemos darle valor a un beso o a un abrazo, a una copa con amigos o a un paseo sin rumbo fijo. Somos una generación que, lo queramos o no, ya estamos marcados por el coronavirus, nos hemos despojado de todo lo accesorio que hasta ahora nos abrumaba y sabemos disfrutar de cosas que teníamos a nuestro lado y no les prestábamos la más mínima atención.

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