En torno al 8 de marzo


Su arrojo y su valentía sin límites le hizo protagonizar una hazaña por la que los españoles estaremos siempre en deuda con ella

Museo Arqueológico Nacional. monedas felipa niño
Museo Arqueológico Nacional. /Foto: LVC

Lo habitual en las vísperas del 8 de marzo es que desde los colegios de Infantil hasta los programas de televisión se inunden de nombres, de rostros de mujeres que a lo largo de la historia han destacado en las más diversas facetas. De Clara Campamor a Emilia Pardo Bazán, pasando por Concepción Arenal. Siempre las mismas. Si el ámbito es internacional se incluye a Marie Curie, Frida Khalo o Simone de Beauvoir y todos contentos.

Así un año y otro, sin variación alguna, sin el más mínimo espíritu de rescatar nombres del pasado -que los hay-, sin apenas apertura a mujeres de otras ideologías que a buen seguro hicieron más por el colectivo. Esta monotonía tan repetitiva hace preguntarse, por ejemplo, por las razones por las que en estos listados está vetada María de Echarri, inspectora de trabajo, fundadora de sindicatos obreros y una de las primeras concejales del Ayuntamiento de Madrid. Ah, era católica. Ya me lo explico.

Desgraciadamente tengo asumido que María de Echarri nunca tendrá una calle dedicada a su memoria, ni los profesores animarán a los niños a que busquen su fotografía para un colorista collage del 8-M que decore el vestíbulo de su CEIP. Ni Echarri ni otras muchas cuya pureza ideológica no ha sido certificada por los grupos ideológicos que dominan hoy el movimiento feminista.

No hace mucho, me topé con el nombre de una mujer que también merecería subir a los altares laicos del feminismo por razones más que sobradas. Además de contar con un brillante expediente académico, de haber desarrollado una brillante carrera profesional en una época en la que las mujeres eran una excepción, su arrojo y su valentía sin límites le hizo protagonizar una hazaña por la que los españoles estaremos siempre en deuda con ella.

¿A que no le suena el nombre de Felipa Niño? Nacida en Zamora en 1902 fue una de las primeras mujeres licenciadas en Filosofía y Letras, sección Historia, en 1922 con premio extraordinario y en 1930 vuelve a obtener otro premio extraordinario con su tesis doctoral. Oposita al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos del Estados, donde inicia una brillante carrera científica que desarrolló fundamentalmente en el Museo Arqueológico Nacional, de donde fue secretaria y subdirectora, salvo un periodo en que fue designada para realizar el inventario de las obras de arte del Palacio Real y de los Reales Sitios.

Nada más que lo contado hasta ahora, ocurrido en la época que sabemos, hasta su jubiliación forzosa en 1972, merecería de por sí la inclusión en el santoral (laico) feminista. Pero hay un hecho que sobresale sobre todos los demás y es el que la hace pasar a la historia con mayúsculas y ocurrió en plena guerra civil.

En noviembre de 1936, tras el abandono de Madrid por el gobierno de la república, Juan Negrín ordenó el saqueo de las cajas de seguridad no sólo del Banco de España, sino también de los montes de piedad. En esta rapiña no faltaron valiosas piezas del Palacio Real, de la Catedral de Toledo y de numerosos sitios más. Negrín quería más oro y mandó al Museo Arqueológico Nacional a Wenceslao Roces y a Antonio Rodríguez Moñino con un grupo de hombres armados para saquear el valioso monetario de todos los españoles, después de que los profesionales del museo se hicieran los remolones para su entrega.

Allí se toparon con dos profesionales de los pies a la cabeza, como son Felipe Mateu y Felipa Niño quienes no se amedrentaron con las armas que tenían ante sus narices y consiguieron engañar a los pistoleros al esconder las monedas más valiosas, las irrepetibles, aun a riesgo de perder la vida. Utilizaron las ranuras de algunos muebles, el doble fondo de un baúl y hasta las enterraron en el jardín para poder salvar este patrimonio. 

Gracias a Felipa Niño y a Felipe Mateu, que se jugaron el pellejo, hoy todos podemos disfrutar de piezas únicas, como el cuaternión de Augusto, la Gran Dobla de Pedro I, el centén de Felipe IV, y de muchas más que hoy se pueden admirar en el magnífico museo de la calle Serrano, en Madrid. Pero esta heroica acción no impidió que se llevaran otras 2.796 monedas, de entre ellas, 60 griegas, 830 romanas, 297 bizantinas, etcétera. El destino no fue la construcción de hospitales ni colegios, ni sirvió este oro para socorrer a las familias necesitadas. El yate Vita lo transportó hasta México, pero buena parte del oro se quedó por el camino.

Han pasado más de 80 años y Felipa Niño, mujer y brillante profesional, sigue en el olvido. ¿Para cuándo su reconocimiento?

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