Enrique Aguilar

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Pero, ay, todo aquello se torció aquel verano en que notó que sus paseos por la playa ya no eran como antes

Imagen de archivo de un homenaje al profesor Enrique Aguilar Gavilán. /Foto: LVC
Imagen de archivo de un homenaje al profesor Enrique Aguilar Gavilán. /Foto: LVC

En el caso de Enrique Aguilar no caben los tópicos que se suelen desplegar en los obituarios como género literario. Todo lo que he leído sobre él en esta semana está escrito desde la verdad y desde el sentimiento hacia quien atesoró valores, que en muchas ocasiones me ha ofrecido facetas para mí desconocidas y que no han hecho más que agrandar la valoración, ya de por sí alta, que tenía del profesor.

Tengo que reconocer que mi relación con Enrique Aguilar no fue dilatada en el tiempo. Primero lo conocí por sus libros, en los que descubría una visión de la historia reciente de la ciudad que, desde mi punto de vista, era lo más aproximado a lo que tuvo que suceder en realidad. Como historiador no tenía que pagar peajes a nada ni a nadie y eso se notaba en sus trabajos, tan documentados como fiables.

Hace una década, cuando ingresé en la Real Academia como modesto periodista, fue uno de los que me recibieron como si me conocieran de toda la vida. Al poco comencé a escribir en ABC Córdoba unos artículos sobre la ciudad en las primeras décadas del siglo XX, un terreno en el que él era el verdadero maestro. Lejos de felicitarme de puro trámite, cada semana me animaba a que aquello se le diera forma de libro, que esos artículos tenían valor y no se podían perder en la efímera vida de un periódico. Aquella sinceridad me sobrecogió por venir de un profesor universitario de reconocido prestigio en la materia hacia un simple aficionado a la historia que sólo ponía buena voluntad. 

La relación con él y con María José Porro, mujer de permanente sonrisa, se fue estrechando y supe de su afición al deporte, cuando era de los pocos que se ofrecían voluntarios a representar a la Academia en la prueba deportiva que anualmente organiza la Brigada X en Cerro Muriano.

Pero, ay, todo aquello se torció aquel verano en que notó que sus paseos por la playa ya no eran como antes. Ahí comenzó para Enrique lo que para otros sería un calvario pero para él fue una prueba de obstáculos que había que superar uno a uno. Hablaba de la ELA como podía hacerlo de cualquier episodio de la Transición, con conocimiento y admitiendo tanto sus fortalezas como sus debilidades.

Como profesor, explicaba al detalle el experimento con células al que se sometía a la vez que se convertía en un altavoz para todos los que se encontraban en su misma situación. Así, lo mismo concurría a un acto para visibilizar la enfermedad, que ponía en las redes sociales una foto para denunciar ante el Ayuntamiento la necesidad de eliminar las barreras arquitectónicas. 

Como he dicho, mi relación con Enrique Aguilar fue breve pero auténtica. Córdoba debe ser consciente de que ha perdido a uno de sus mejores hijos, conocedor de la ciudad como pocos, y defensor sin complejos de su autenticidad, como demostró con su valiente postura contra la aplicación de la denominada Ley de Memoria Histórica. Además de con todo esto, me quedo también con su sentido del humor, profundo y directo, inseparable de su persona, como cuando nos felicitó el año nuevo con una foto del grupo pop ‘Los Kiowas’ al que perteneció o cuando se planteó dar una conferencia sobre física cuántica después de escuchar a Pugdemont hablar de democracia.

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