El efecto botijo

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Claro que hay que poner nuevos cerramientos, aislantes térmicos y una iluminación fría, por supuesto, pero se pedía algo más

Compresores de aire acondicionado.
Compresores de aire acondicionado. /Foto: LVC

Aquel mes de junio de 2017 subieron los termómetros más de la cuenta. El curso escolar no había terminado aún y esto desveló una de las carencias seculares de los centros docentes: no están preparados para las altas temperaturas. Padres y profesores salieron en defensa de los niños, que a partir de media mañana comenzaban a gratinarse lentamente entre sudores y vahídos. 

La cercanía del final del curso no dio por terminada la polémica, como pretendían las administraciones de aquel momento. La constancia de padres y profesores hizo que la Junta y el Ayuntamiento no tuvieran más remedio que tragar saliva y coger el morlaco por los cuernos. A partir de ahí se entró en el bucle clásico en el que se ven inmersos los grandes problemas de esta ciudad que requieren de una solución inmediata. Que si yo no he sido, que si te toca a ti, que si vamos a ver qué pasa.

Pasan los meses sin que se tengan noticias claras sobre cómo va la climatización de los colegios. El goteo de información, espaciado en el tiempo, nos va desvelando algunas cuestiones que logran tener apaciguado el ánimo de los padres mientras el calendario corre que se las pela. Pasa el tiempo mientras se ve centro a centro cuáles son las necesidades de cada uno; mientras tanto, la financiación del proyecto está en una nube porque el intento de adjudicar el coste de la operación a las denominadas inversiones financieramente sostenibles tuvo una tarjeta roja de la Intervención municipal cuando había pasado año y medio del inicio del problema y aún no se había hecho nada. Finalmente se anunció que el proyecto depende de una subvención de la Agencia Andaluza de la Energía, que podría sobre la mesa nueve de los diez millones que se necesitan.

Los padres y los profesores querían saber de una vez qué es lo que se iba a hacer en los colegios para climatizarlos. La repuesta llegó, por supuesto, pero enmarañada en esa especie de sortilegio semántico en el que una cosa es lo que se escucha y otra muy distinta lo que realmente significa. 

Las sospechas de que el gato había sustituido a la liebre en la cazuela llegaron cuando la entonces alcaldesa, Isabel Ambrosio, afirmó que climatización no significaba exactamente poner aire acondicionado -que es lo que reclamaban los padres en un claro proceso de participación ciudadana-, sino que la solución estaba en, agárrense, “soluciones eficientes y estructurales para amortiguar las consecuencias que no dan las condiciones de confort”. Ah, el confort. Ole ahí.

Claro que hay que poner nuevos cerramientos, aislantes térmicos y una iluminación fría, por supuesto, pero se pedía algo más. La oferta del Ayuntamiento iba por otros derroteros, como aplicar a los niños cordobeses un experimento desarrollado por la Universidad de Sevilla, que nadie había tenido narices de probar en sus propias carnes, y que consistía en el aprovechamiento de calores residuales o la implantación de la denominada cubierta activa para que cuando se estuviera a 40 grados se bajara sólo a 36, pero nunca se reduciría hasta la temperatura que marca la ley para todo puesto de trabajo que es muchísimo más baja. Vamos, el efecto botijo, como lo ha bautizado Salvador Fuentes.

Este concejal de Hacienda, que fue el que consiguió en pocas semanas tras llegar al cargo que la Agencia Andaluza de la Energía diera una prórroga a la subvención que no se había gastado en el mandato anterior, ha señalado que se acabó el efecto botijo y que los colegios tendrán compresores para el aire acondicionado, después de que el organismo andaluz que sufraga la operación diera el visto bueno al cambio. Así pues, no se ha tenido que recurrir a un sesudo informe para cambiar la cubierta climática por un ‘split’ de toda la vida -sostenible y eficiente, eso sí-, sino que se ha utilizado el argumento, tan breve como contundente, de que “Córdoba no es Burgos”.

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