León, qué grande eres


Es la oportunidad para Cartagena, que lleva esperándola de toda la vida.

Bandera de Castilla y León.
Bandera de Castilla y León. /Foto: LVC

Se veía venir. Cuando un disparate corre cuesta abajo lo único que puede pasar es que crezca y crezca hasta alcanzar unas dimensiones que son imposibles de dominar. Que nadie espere que ese despropósito desaparezca como por arte de magia porque eso sólo pasa en las películas, y no en todas, y al final te aplasta. 

En la actualidad, no se suelen poner las cartas sobre la mesa desde el primer momento. Una vez diseñada la estrategia para cualquier asunto de calado se comienzan a dar pellizquitos, se cambia el lenguaje para que nada parezca lo que realmente es y se avanza paso a paso para que nadie se alarme, y que cuando esto ocurra ya sea demasiado tarde para dar marcha atrás. Esta forma de actuar no queda reservada a la política nacional o internacional, sino que en el plano local hay propuestas o afirmaciones que no se entienden a la primera pero que persiguen un objetivo irrenunciable.

En este marco hay que encuadrar lo ocurrido esta semana en el Ayuntamiento de León. La pena es que entre la Navidad y las ganas de respirar aire fresco más allá de la realidad política nacional ha pasado ligeramente desapercibido lo ocurrido en este Consistorio, en el que se ha aprobado, con los votos de PSOE, Podemos y Unión del Pueblo Leonés, la creación de una autonomía propia con las provincias de Salamanca, Zamora y León, por supuesto. Con toda la razón del mundo. Es lo que han provocado los coqueteos con independentismos de guardarropía.

Como decía antes, se veía venir. Y se veía venir desde que los independentistas comenzaron a tratar al Gobierno como si fuera el buffet libre de un resort de vacaciones. Todo es poco. Y vimos, ante la insistencia de su interlocutor, el rostro gélido de Pedro Sánchez de estar tragando un sapo de considerables dimensiones cuando una y otra vez se negaba a responder cuántas naciones hay en España. 

Desde aquella noche ya se sabía lo que estaba por venir. Solo faltaba que saliera Miquel Iceta y dijera que “en España hay ocho naciones, que las he contado”. Esta frase, en la que muchos se sintieron ofendiditos por no formar parte de esas ocho naciones, unida a todos los antecedentes, hizo que se abriera la caja de los truenos del modo más español posible: “A qué no hay cojones”, “Sujétame el cubata”.

El rancio cantonalismo del siglo XIX resucitaba, cubierto de caspa, y ya era cuestión de días de que en cualquier rincón se comenzara a a practicar el tribalismo iniciado en Cataluña y País Vasco con el aplauso de las grandes formaciones políticas. Los primeros en dar el paso adelante han sido los de León, que están hasta las narices de estar mezclados con Castilla en una autonomía que consideran de segunda fila. Esta moción aprobada no tiene más recorrido legal y político que el mero brindis al sol, como tantas mociones que se aprueban todos los años en todos los ayuntamientos. Pero en este caso es la espita en la que muchos han encontrado la reacción lógica a su “sentimiento”, porque ahora, quien tiene un sentimiento de lo que sea tiene todos los derechos y nadie le debe rechistar.

Así, las verdaderas regiones históricas de España comienzan a reclamar lo suyo. A partir de ahora sólo nos queda ver, como en una opereta del siglo XIX, el surgir de banderas y uniformes para diferenciar hasta una comarca de otra. Es la oportunidad para Cartagena, que lleva esperándola de toda la vida.

Si el Gobierno central se pone tonto y empieza a crear naciones por doquier, no estaría mal que en Córdoba reclamáramos los límites del Califato y así se acabarían las tonterías de muchos. Pero si el asunto lo negocia Carmen Calvo lo reduciría a los límites del Reino de Córdoba, muchísimo más menguado, y que estaría vigente hasta ordenación provincial de Javier de Burgos de 1833. Eso fijo. Pero, claro, cuando se habla de sentimientos nadie puede llevar la contraria. La fragmentación seguiría avanzando y desde Rute reclamarían los límites de su abadía, para cabreo de localidades limítrofes y la guinda del pastel la pondrían en Los Pedroches. Lo primero sería prohibir con durísimas penas que se siga hablando de valle, porque no lo es. Después, echarían a pelear el lechón de Cardeña con el calçot catalán y, ahora que estamos en Navidad, pondrían el villancico del ‘Torreznito del pico’ como himno nacional.

En León han abierto la espita y lo que ha pasado en su Ayuntamiento no es nada comparado con lo que está por venir. Como si no hubiera problemas más preocupantes no entretendremos con estas frikadas. Ains.