El berenjenal

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Desconocer la historia de la ciudad no da carta franca para interpretarla como se quiera

Llanos del Pretorio con la bandera de España. / Foto: LVC

Si la política es el arte de solucionar los problemas no debe convertirse en la habilidad para crearlos de forma innecesaria. Cualquiera que se tome mínimamente en serio su labor pública sabe que los cuatro años de todo mandato son una carrera contrarreloj, como si fuera un vídeojuego, en el que no te puedes distraer porque lo mismo te cae un cubo de agua que se abre un agujero a tus pies cuando y donde menos te lo esperas.

Por esta dedicación con todos los sentidos a una labor tan absorbente como es, o debe ser, la política, cualquier distracción genera un dolor de cabeza de los buenos. Y no es en absoluto recomendable abrir brechas donde no se necesitan y, al final, acabas cabreando a los de tus propias filas.

Esto es lo que ha pasado en el último Pleno municipal, en el que se aprobó una moción de Ciudadanos para rotular con el nombre de plaza de España el lugar que históricamente es conocido por los cordobeses como Llanos del Pretorio. No me interesa en absoluto las opiniones vertidas en el Pleno ni el sentido del voto de cada uno de los grupos municipales, surgido más de las vísceras que del cerebro.

Por encima de todas estas cuestiones accesorias hay una razón que debe prevalecer y es que la toponimia consolidada debe mantenerse. Es la que todos conocen y se han transmitido de generación en generación, por lo que finalmente el cambio de rotulación viene a tener un efecto placebo; vamos, que no sirve para nada.

Además, sin minusvalorar la necesidad de que Córdoba cuente con una plaza, o cualquier otro lugar, que lleve el nombre de España, las razones más importantes de este debate no son precisamente las políticas, sino las de historia y, si se quiere, también las sociológicas, culturales o, incluso, antropológicas.

Antes de que el tren cruzara por el lugar ya se conocía este punto por el de Llanos del Pretorio. Entonces, como uno de tantos humilladeros urbanos que había en la ciudad, existía adosado al muro de la huerta del convento de la Merced un altar con un lienzo que representa a Cristo cogiendo su manto tras ser azotado en el Pretorio, de ahí su nombre. Además, se da la circunstancia de que sujeta el manto con las dos manos, como si citara al toro con el capote, algo que fue entendido perfectamente por los vecinos del cercano barrio del Matadero, cuna de generaciones y generaciones de gentes del toro. Todo un símbolo.

Cuando llegó el ferrocarril fue alterado el paisaje de este lugar. El humilladero desapareció y debieron transcurrir unos años hasta que Rafael Molina ‘Lagartijo’, quien veía el lugar desde los balcones de su casa, decidió organizar un festejo para sufragar la construcción de la ermita que hace unos años fue mudada al interior de los jardines del Vial, respetando su integridad y sus detalles, salvo el revestimiento exterior, que se podía haber cuidado un poco más.

Desconocer la historia de la ciudad no da carta franca para interpretarla como se quiera. El nombre de Llanos del Pretorio no debe desaparecer como se esfumó el de los Santos Pintados, que aún sigue vivo en la memoria de Córdoba. La ciudad es lo suficientemente extensa para buscar otro lugar que lleve el nombre de plaza de España sin ofender la memoria de los cordobeses. 

Además, sin quererlo, se estaría construyendo una terrible metáfora sobre España, ya que bajo el suelo no hay nada, está el vacío del túnel del tren. Empecinarse en este cambio, que ha disgustado sobremanera a militantes y simpatizantes de las formaciones que han votado a favor del mismo, es algo así como meterse en un berenjenal, que al final sales lleno de espinas por todos lados.

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