En poco más de tres meses


Ahora, lo más normal del mundo es pasar del blanco al negro en un parpadeo, sin motivos, sin alterar músculo alguno de la cara, como si fuera algo natural

Vicente Palomares y Marina Borrego. CCOO UGT
Vicente Palomares y Marina Borrego. /Foto. JC

Entre los derechos que tiene toda persona está el de cambiar de opinión y de criterio. Crecemos, evolucionamos y maduramos incrementando nuestra información y experiencia, y esto nos puede llevar a ampliar nuestros elementos de juicio. Así, es normal que con el paso del tiempo, lentamente, toda persona vaya ganando en sensatez y sentido común. Esto es lo lógico.

Lo que cuesta más trabajo comprender es el cambio repentino opinión, el derrape ideológico, el decir hoy una cosa y mañana, cuando amanezca, defender la contraria. El género humano disculpa a los primeros y cuestiona a los segundos, por más que estos últimos proliferan con generosidad en estos últimos tiempos -líquidos, los llaman- donde cada frase debería llevar impresa su fecha de caducidad, no en meses ni en días, sino en horas.

Leer un periódico de hace una semana se ha convertido en nuestros días en un auténtico ejercicio de gimnasia mental, ya que leemos a uno decir una cosa cuando en el telediario de hoy lo hemos escuchado decir lo contrario. Pongan ustedes los nombres que quieran.

Esta tendencia al bandazo ha llegado ya a todos los rincones. Cualquiera se cree con derecho a destrozar los límites de la lógica y ya no le extraña a nadie subirse al ascensor con un vecino que despotrica de la lluvia y al llegar a la tercera planta va ya cantando las excelencias del agua para nuestros campos y para el medio ambiente, no vaya a ser que Greta Thunberg le eche la bronca.

Los intérpretes de la realidad achacan esta situación a una crisis generalizada que nos ha sacado de nuestras casillas y nada está donde debe estar. Ahora, lo más normal del mundo es pasar del blanco al negro en un parpadeo, sin motivos, sin alterar músculo alguno de la cara, como si fuera algo natural. Y como normal lo ven todos los que lo rodean y aquí no ha pasado nada.

Lo único que parece estar más claro es que cuanto mayor sea la crisis de uno con mayor velocidad altera sus criterios para desconcierto del personal. Hay crisis y crisis, y la que, por ejemplo, atraviesan los sindicatos no es menuda. Su falta de credibilidad en los últimos tiempos les ha hecho desangrarse en el número de afiliados. Los que quedan son los liberados y aquellos que disfrutan o esperan una prebenda. Siguen ahí, sí, pero ya no tienen la fuerza de antes.

El papel de los sindicatos en Andalucía es aún más delicado. Los jueces están poniendo en firme lo que ha pasado en las últimas décadas con una cantidad ingente de millones de euros que si se hubiera destinado a paliar el desempleo otro gallo nos estaría cantando ahora, eso fijo. Es un escándalo en toda regla, de los que hacen época, y avergüenzan de por vida a todo hijo de vecino. Esto justifica que los sindicatos mayoritarios, UGT y CCOO, hayan levantado el pie del acelerador en los últimos tiempos y su presencia pública sea discreta, por calificarla de algún modo.

Lo sorprendente fue el episodio vivido en Córdoba a finales de julio. Eso sí que fue un cambio de opinión a la velocidad de la luz. En aquellos días se buscaba la fórmula de encajar a los seis grupos resultantes de las elecciones municipales en los consejos rectores y de administración de las empresas y organismos municipales. La única forma de cuadrar el puzzle dentro de la ley era ocupar las plazas que hasta entonces tenían “desde tiempo inmemorial” los sindicatos y los vecinos. Aquella propuesta desató una sonora tormenta -que, cómo no, contó con el apoyo de PSOE, IU y Podemos- que tuvo su momento culminante en la rueda de prensa conjunta de UGT y CCOO, en la que sus máximos responsables provinciales, Vicente Palomares y Marina Borrego, dieron por rota la concertación con el Ayuntamiento y amenazaron con una movilización constante por la pérdida de este privilegio que perdían en favor de las dos formaciones minoritarias que se quedaban fuera, y que son tan distantes políticamente como Vox y Podemos.

Aquel calentamiento de Palomares y Borrego duró un suspiro, hasta que comprendieron que la ley es la ley y que un concejal, sea del partido que sea, tiene más representación que los vecinos y los sindicatos juntos. De las movilizaciones nunca más se supo y a la concertación acudieron en cuanto fueron llamados por el gobierno municipal para formar parte del nuevo plan estratégico.

¿Responde este veloz cambio de opinión a que Palomares y Borrego son buenas personas, que lo son? ¿O, por el contrario, es un reflejo de la suma debilidad que atraviesa el movimiento sindical, que lo mismo acude a una cárcel a negociar con un anticonstitucionalista que se ve a diario en los periódicos junto a cantidades ingentes del dinero de los parados gastadas en los fines más oscuros?

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