Leyendas


La situación, que es común en muchas ciudades, también se da en Córdoba, que ve con estupefacción la proliferación de reclamos comerciales

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Casa de Orive. /Foto: LVC

A pocos cordobeses les es extraño el nombre del libro ‘Paseos por Córdoba’. Desde hace siglo y medio es elemento de lectura casi imprescindible si se quiere conocer algo mejor la ciudad, desde una estructura muy de su época pero muy atractiva para quien quiera cumplir el fin de desentrañar los secretos de la ciudad. Barrio a barrio, calle a calle, casi casa a casa, va don Teodomiro Ramírez de Arellano, quien se negó con energía durante toda su vida a dejarse fotografía porque decía que era muy feo, contando lo que sabe y lo que ve. Siempre se ha dicho en Córdoba que cuando llegaba a un sitio y no tenía nada que escribir, se lo inventaba.

Muchas de las historias y leyendas que nos dejó don Teodomiro han pasado a la categoría de verdades y ya no se cuestionan, aunque siempre merecen una revisión, porque son numerosas las generaciones de cordobeses que han bebido en las páginas de este libro. Ya no se discuten porque nadie se han entretenido en desentrañarlas para ver qué hay de verdad en ellas. Del mismo modo, investigaciones posteriores han ido desmontando algunos de los datos, de las fechas, de los nombres que desfilan por las páginas de ‘Paseos por Córdoba’ en base a un trabajo científico e irrebatible.

Pese a esto, el libro de Ramírez de Arellano sigue siendo un imprescindible para conocer la ciudad y al que hay que recurrir de vez en cuando. Muchas familias cordobesas conservaban como oro en paño los cuatro tomos en que se editó originariamente. Cuando se cumplió el siglo de su publicación, el teniente de alcalde de Cultura de aquel momento, Miguel Salcedo, promovió la reedición en un único tomo y con un índice temático. Este renacimiento de ‘Paseos por Córdoba’ demostró su vigencia y popularidad, y sirvió también para llegar a aquellos cordobeses que había oído hablar de él pero nunca lo había tenido en sus manos.

Como decía, este libro es muy conocido y, a la vez, muy leído. Esto hace que muchas de las leyendas que contiene hayan pasado a transmitirse de forma oral hasta formar un mapa de la Córdoba legendaria. Esta circunstancia no es una foto fija de un momento concreto, sino que también está viva, en crecimiento, con la incorporación de nuevos relatos en los que la fantasía entra en colisión con la realidad.

Las leyendas son leyendas y no deben sobresalir de un plano anecdótico que nunca debe sobrepasar al del rigor histórico. Mientras esta regla se cumpla no hay problema alguno, porque no se desvirtúa la verdad y porque no se mezclan dos ámbitos que jamás deben confundirse entre sí. El conflicto surge cuando por los más diversos intereses las leyendas comienzan a aflorar como champiñones en un terreno, digamos, exótico. La explotación de la veta del lucro en esta materia es lo que ha puesto en estado de alerta a quienes ven cómo brotan leyendas sin pies ni cabezas, que nunca han sido recogido en una publicación, y que entran en clara colisión con la historia y el sentido común. Todo sea por el negocio.

Esta situación, que es común en muchas ciudades, también se da en Córdoba, que ve con estupefacción la proliferación de reclamos comerciales para conocer una ciudad que nunca existió. Distinguir el grano de la paja es el mejor consejo para quien quiera de verdad una ciudad que, por historia y tradición, no necesita que le sigan inventando leyendas.

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