El río y su circunstancia


Río Guadalquivir
Río Guadalquivir. /Foto: LVC

Con motivo de la primera visita como reyes de España en mayo de 1976, don Juan Carlos y doña Sofía pudieron leer en la plaza de las Tendillas una gran pancarta que se alzaba sobre la multitud y que en tono tan respetuoso como reivindicativo decía: “Majestad, los olores de este río no se pueden aguantar. Si no lo soluciona rápidamente, moriremos de la peste”. Aquel problema no era otro que el generado por los vertidos incontrolados de alpechín al Guadalquivir, que debido a la escasez de agua de aquel año se concentraban y generaban un olor nauseabundo que inundaba toda la ciudad y que puso negros como el tizón todos los objetos de plata.

Aquel problema se solucionó con una legislación más certera, con la construcción de balsas de almacenamiento, con un mayor control de las almazaras; en definitiva, con un instinto medioambiental sin necesidad de que viniera en barca una Greta Thumberg a darnos el coñazo. De eso nos libramos.

En aquel momento, que era anteayer, las orillas estaban limpias de vegetación, aún se podían ver barcas y areneros sacando grava, y los molinos eran perfectamente entendibles por cualquiera, porque estaban en medio de un rio y no de un frondoso bosque como ahora. La prohibición de que el ganado pastara por las orillas bajo el mural del ‘Gernica’ de Picasso, sumada a la progresiva relajación de las administraciones hizo que en un abrir y cerrar de ojos cambiase por completo el paisaje, con el crecimiento de árboles donde antes no los había, con el consiguiente riesgo de gravedad en caso de las inevitables riadas. 

Llegaron los pájaros de todo tipo a estos árboles de aluvión y ya no hubo marcha atrás. La Junta no dudó en declarar Monumento Natural los Sotos de la Albolafia, provocando la desaparición del molino del mismo nombre que desde la Edad Media era visible desde la margen izquierda y hoy es una misión imposible atisbar esta seña de identidad que figura en el sello de Córdoba.

La protección legal de los Sotos de la Albolafia fue entendida en sentido amplio y llegó a todo el cauce urbano del Guadalquivir, desde los Peñones de San Julián al Molino de Casillas. Estas circunstancias han desembocado en una situación actual que esta semana ha sido protagonista del Pleno. Por si fuera poco, hace sólo tres años se gastó 400.000 euros la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir en un flagrante caso de despilfarro, ya que esta cantidad de dinero no ha servido para resolver el problema de fondo, ni mucho menos. Lo que ha logrado es consolidar las arboledas de las orillas dándoles carta de naturaleza, dejar el Molino de Martos aislado entre la selva, destrozar el sentido que Juan Cuenca dio al parque de Miraflores y generar una situación que cuando llegue una crecida será tarde para lamentarlo.

Uno de los mejores conocedores de esta situación es Vicente Castilla, un vecino de la zona que ha visto de cerca cómo en las últimas décadas se ha producido esta degradación con la complicidad de todas las administraciones y de todos los partidos políticos. En nombre de su asociación de vecinos intervino el jueves en el Pleno y no sólo enseñó fotos sobre la evolución del problema, sino que alertó de los daños que están provocando los limos almacenados y agarrados al terreno por las raíces de los árboles. Los veneros subterráneos que cruzan la ciudad no pueden desaguar con normalidad y su saturación eleva el nivel freático, con problemas en construcciones antiguas, como las iglesias de San Pedro o San Agustín o como posible causa del derrumbe de la muralla de la calle San Fernando.

Al final, todos los grupos aprobaron una moción conjunta, que fusionaba una de Vox y otra del PP, cargada de buenas intenciones y de compromisos de imprecisas dotaciones presupuestarias. Pero falta lo fundamental para solucionar de verdad el problema y que no sea una mera operación cosmética: ¿Se atreverán con los árboles?

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