La ONU nos toca las narices


En cambio, resistiremos y le buscaremos las vueltas a tantas prohibiciones como ya llevamos sobre los hombros

El informe del panel de expertos de la ONU para el cambio climático nos ha dado la semana. Algunos dicen que la repercusión de esta noticia se debe a que estamos en agosto, sin asuntos de interés. Pero no es así, porque si este documento se hubiese conocido a primeros de noviembre (¿habrá elecciones?) o en pleno mes de mayo hubiera tenido la misma, o más, repercusión en Córdoba. Porque en Córdoba no es que estemos todo el día comiendo carne, pero que no nos la toquen, que no lleguen unos supuestos expertos hartos de hamburguesas grasientas a tocarnos donde más nos duele, porque en este ciudad no lo vamos a consentir, lo mismo que en Los Pedroches no van a permitir que se cuestione el cuesco de su vacas como la causa del cambio climático.

En Córdoba tenemos devoción por el salmorejo, el vargas fresquitos y unas jarras de gazpacho que no se las salta Bob Beamon, todo muy saludable, pero cuando llega el momento le rendimos todos los honores al chorizo de Espejo, al jamón de Los Pedroches, al lechón de Cardeña y, por supuesto, nuestro entrañable y procaz flamenquín, objeto de todas las bromas según su tamaño, y que estos señores de la ONU nos lo quieren sustituir por el crispín y, seguro, que sin mayonesa y sin patatas fritas. 

En otros tiempos no tan lejanos, esta noticia de la ONU que demoniza el consumo de carne hubiera servido para que una concejal hubiera brindado con un mojito antes de redactar una moción al pleno, como si fuese la segunda parte del Pacto de Milán, para establecer un estado policial en la ciudad contra la carne y contra sus consumidores. Si ya hizo con fondos públicos un recetario en el que todos los platos eran veganos, ahora mandaría a la Policía Local a expedientar a los que salieran de El Picantón con un bocadillo de mortadela con salsa camello en las manos o a quienes hayan pedido una brocheta en El Tema. 

La situación causaría un nivel de alarma general cuando los cordobeses veamos que a Rafalete sólo le dejan vender cogollos (de lechuga, claro), que han precintado La Cigala del Sur por sus flamenquines sicalípticos, y que la taberna Góngora está acordonada hasta que no se demuestre que no queda ni rastro de cochifrito ni de carne de venado. Ay, qué dolor.

Los expertos de la ONU nos han tocado las narices, desde luego, pero también a los alemanes, que pasarán a la nostalgia del codillo con chucrut o de los italianos que recordarán los bocadillos de porchetta como un elemento más de su esplendor pasado. Aquí, en cambio, resistiremos y le buscaremos las vueltas a tantas prohibiciones como ya llevamos sobre los hombros.

La picaresca cordobesa intentaría por todas las vías saltarse estas persecuciones y al poco correría por la ciudad en voz baja el rumor de que por las Costanillas hay un portalillo donde venden pinchitos de contrabando y que en Fidiana hay un sitio en el que tienen caña de lomo etiquetada como veggie para disimular. Lo mejor llegará cuando en las farolas y en las paredes aparezcan carteles anunciado viajes en autobús a Marruecos para comer, en la más completa clandestinidad, cordero y pollo. Eso sí, preguntad por Marina.