Medina Azahara y su futuro


Cristina Casanueva, junto a los arqueólogos. medina azahara
Cristina Casanueva, junto a los arqueólogos. /Foto: LVC

Nadie discute la importancia que Medina Azahara tiene para la ciudad de Córdoba, para la historia, para el arte y la humanidad. Su nombre es, junto con el de la Mezquita-Catedral, un reclamo universal que merece poca explicación pero que ha tenido una historia reciente que no le hace justicia a su proyección. Ahora se cumple un año de su designación por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad y este hito parece haberse convertido en el punto de inflexión que durante décadas se ha venido reclamando para este yacimiento.

Medina Azahara parece que abandona lentamente las brumas de su letargo y rompe la inercia de una indiferencia que la ha lastrado cuando se ha intentado poner en el lugar patrimonial que le corresponde. Durante años, todo lo que se propusiese hacer en Medina Azahara para incrementar su potencial topaba con un muro más sólido que los que rodeaban a la mítica e infranqueable Babilonia. 

A Carmen Calvo no le fue nada fácil sacar adelante el magnífico proyecto del museo y del centro de visitantes, porque tuvo que luchar contra su propia gente de la Consejería de Cultura. Las visitas nocturnas no han visto la luz hasta el año pasado, con el reconocimiento de la Unesco ya concedido. El arreglo de la carretera de acceso a la ciudad califal, que depende de la Diputación Provincial, duerme todavía el sueño de los justos mientras cualquier visitante se pregunta que cómo es posible que posible que tamaño monumento cuente con un camino de acceso que produce vergüenza ajena. No hablamos de la Ronda Norte, no, sino de un camino de 700 metros. Estos mismos son los que se preguntan si no hay otra manera de conectar el Centro de Visitantes con el yacimiento propiamente dicho que no sea ese autobús. ¿Hablamos del Salón Rico? Diez años cerrado sin explicación convincente.Y así podríamos seguir con iniciativas que se proponen en beneficio de todos y que chocan con una mentalidad excesivamente conservadora en quienes presumen de progresismo, que ya tiene mérito.

Pero, pese a quien le pese, Medina Azahara puede con todo esto y no deja de sorprender a propios y extraños. La actividad científica -que no debe decaer bajo ningún concepto, sino incrementarse- tampoco deja de deparar sorpresas. Con cuentagotas se van conociendo maravillosas informaciones de cómo era la ciudad califal en el siglo X, lo que facilita su comprensión e incrementa su grandeza.

Esta semana, a la vez que se ponían en marcha las visitas nocturnas y teatralizadas -que algunos critican, pero que cumplen el deber de acercar Medina Azahara a un sector de la sociedad que de otra manera no lo pisaría- se conocía la buena noticia del hallazgo del acceso a la Plaza de Armas desde la ciudad califal. 

Este avance en el conocimiento de lo que allí hubo se suma a otros muchos y sobre todo a los que se espera que lleguen en un futuro. Por esto, hay que combinar una apuesta decidida de todas las instituciones por Medina Azahara, aprovechar la repercusión mediática para no bajar el pulso en las excavaciones ni en las investigaciones y, sobre todo, no olvidar que su incuestionable importancia arqueológica se debe combinar con que también es un recinto turístico y cultural. Medina Azahara merece un golpe de timón.

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