Una curiosa forma de entender la cultura


En estos tiempos en los que cualquier cosa se resume en un tuit se corre el riesgo de caer en unas generalizaciones que a nadie benefician y que dejan en ridículo a quien se las cree. Si vas a los toros te ponen una etiqueta y si muestras tu admiración por la escalera de Yoko Ono en el C3A te ponen otra. Somos así de simples.

Lo mismo ocurre en política. La disciplina más o menos férrea que cada formación mantiene entre los suyos hace que de vez en cuando florezca alguien con personalidad propia, con ideas interesantes y parezca que se desmarca del grupo pastueño. En todas las siglas hay casos en los que cuesta trabajo agrupar ahí dicha persona, lo mismo que hay algunos ejemplos en los que multiplican por diez el fervor ideológico y desbarran de tal manera que acaban dando la nota. Éste último caso es el protagonizado por la hasta hace unos días diputada de Cultura en la Diputación Provincial, Marisa Ruz. Tanto muchas de las personas que han tenido contacto con ella como su gestión en estos cuatro años dejan claro que su mandato es de los que dejan huella, y no precisamente positiva.

Desde los tiempos de José Luis Villegas, la delegación de Cultura en la Diputación ha sido ese remanso en el que todo el mundo, de una u otra manera, se ha sentido cómodo. Todos los responsables políticos que han pasado por ahí lo han hecho con mayor o menor acierto, pero con amplitud de miras y han tenido claro que el dinero que gestionan, y con el que pagan las actividades, procede del bolsillo de los cordobeses, que tributan con independencia de su ideología. Bueno, pues el caso de Marisa Ruz ha sido diferente, ya que ha dado la bienvenida al dinero de todos para gastarlo de forma restrictiva.

Marisa Ruz es de Izquierda Unida, la misma formación de Pedro García, quien no ha desaprovechado ni un minuto de sus últimos cuatro años en buscar enfrentamientos entre los cordobeses desde el Ayuntamiento. Claro, pero las siglas no lo dicen todo, porque también estuvo en IU Rosa Aguilar, pero no es el caso. Por centrarnos en esta formación y en la Delegación de Cultura de la Diputación voy a recordar el caso de Alberto Gómez, un concejal de IU de Puente Genil que demostró ser fiel a sus siglas sin levantar ampollas, sin dejar heridos por el camino. Hizo lo que creía que tenía que hacer y quienes lo trataron lo recuerdan como un señor.

Pero no todo el mundo es como Alberto Gómez. Con las polémicas que han trascendido del mandato de Marisa Ruz en estos últimos cuatro años daría para una novela negra, sin sangre, pero negra de verdad. Desde el culebrón de la Fundación Rafael Botí a la exposición ‘Maculadas’ en la que envolvió al presidente, Antonio Ruiz, en un follón que ni le iba ni le venía, pero que zanjó por lo sano retirando el cuadro de marras pese a las peticiones de que se mantuviera colgado para que todo el mundo viera la agresión sufrida. El último capítulo es la dura carta -con más duras palabras aún- del poeta Rafael Antúnez sobre el riesgo que corre el prestigioso premio de poesía Vicente Núñez y de la que nos hicimos eco en este periódico hace unos días.

Alguien tan nada sospechoso como el artista José María Báez deleitó al auditorio hace unos días en la presentación de ‘Rumore occulto’, la primera antología de Pablo García Baena en italiano, con las razones por las que este libro, financiado parcialmente por la Diputación, no se había presentado en Córdoba y tuvo que ser la familia del poeta la que tras año y pico de espera diera el paso de presentarlo por su cuenta, pese a que en el Palacio de la Merced se custodia un buen número de ejemplares cuyo destino se desconoce. Curiosa forma de hacer cultura.

La gestión de Marisa Ruz al frente de la delegación de Cultura no debe empañar el trabajo realizado por el resto del gobierno provincial, pero sí es verdad que al conocerse que este área estará ahora en manos del PSOE muchos han lanzado un suspiro de alivio sin saber siquiera quién será su responsable. Todo un síntoma.

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