Incienso para Rocío Ruiz


El movimiento cofrade en general, y la Semana Santa en particular, no atraviesan actualmente su mejor momento, ni mucho menos. Desde hace siglos ha tenido altibajos, pero siempre ha resurgido tras un proceso de catarsis que, en general, no le ha venido mal. Ahora se da un curioso hecho, ya que esta crisis interna que padece, y que nadie se atreve a reconocer, se ve contrastada con unas cifras lo suficientemente altas y llamativas para maquillar la realidad y paladear el triunfalismo. Falsamente triunfal, diríamos.

Cuando lo adjetivo se sobrepone a lo sustantivo es cuando comienzan los problemas. Cualquiera que esté metido en este mundo conoce casos de cofrades que saben el nombre y los dos apellidos de los capataces de su hermandad, pero desconocen cómo se llama su hermano mayor. También hay ejemplos de quienes recitan las fechas de la igualada, los ensayos y el retranqueo, pero son incapaces de recordar las fechas de los cultos a sus titulares. Para que nadie vea que culpo al mundo del costal, también se podría poner el ejemplo de los montajes de altares de cultos que concitan a más personal que los cultos en sí, o de los que valoran a una hermandad por la verticalidad absoluta de su cera o el exotismo del tocado.

Estos casos no son mayoritarios ni están generalizados, gracias a Dios, pero crecen sin que nadie les ponga freno. Por esto, no se puede extender este análisis crítico a todo un colectivo que es tan variado como la suma de las individualidades que lo componen, porque las razones por las que yo soy cofrade son distintas de las suyas, que me está leyendo.

Por esto, choca sobremanera que Rocío Ruiz, la flamante consejera de Igualdad, se haya convertido en unas horas en el miembro más conocido del Gobierno de Juan Manuel Moreno Bonilla. Frente a los retos de futuro que debe afrontar desde su departamento -como se ha hecho con el resto de compañeros de gabinete- a ella se le está restregando un desafortunado artículo que publicó hace cinco años sobre la Semana Santa. Ella tiene todo el derecho a expresar su opinión, aunque haya cometido el error de hacer una burda generalización para verter una serie de descalificaciones sobre el movimiento cofrade en el que todos, absolutamente todos, sus integrantes son como ella dice que son. Sin matices. 

Rocío Ruiz semana santa
Rocío Ruiz. /Foto: LVC

Seguro que usted a estas alturas habrá tenido la oportunidad de haberlo leído y si no lo ha hecho le recuerdo que Rocío Ruiz, entre otras lindezas, afirma que todos los cofrades son “inseguros, insatisfechos, acaparadores, iracundos, celosos y maltratadores”, por lo que en Semana Santa huye “a otros mundos donde no haya ni un rastro de olor a incienso” y así escapar de esos “desfiles de vanidad y rancio populismo cultural, rescatados de la historia medieval como espectáculo incluso tenebroso”, entre otras perlas dignas de estudio.

Todos los cofrades conocemos a personas a las que no les gusta la Semana Santa y expresan su opinión con mayor o menor respeto, -recomiendo la lectura de Eugenio Noel, el anticasticista por excelencia, pero con arte- pero es raro encontrarse con alguien que hace una generalización tan de brocha gorda que lo único que despierta en el lector no es más que conmiseración por su desconocimiento de la realidad. Si Rocío Ruiz piensa así de una seña de identidad tan arraigada en Andalucía, de la que participan tantas personas de una u otra manera, qué no será capaz de pensar de otras cuestiones. Miedo me da. Pero lo grave no es que ella piense así, sino que se le ponga en sus manos la cartera de Igualdad, Políticas Sociales y Conciliación, porque estas tres áreas quedan en cuestión desde el primer momento.

Más grave aún, realmente, es la reacción que ha tenido cuando ha visto la que se ha liado con su polémico artículo. Primero, en vez de pedir perdón por el mismo pide disculpas, lo mismo que hace el que llega tarde a una reunión por un atasco del que no es responsable. Y después, señala que “no representa ni lo que pienso ni lo que defenderé como consejera de todos los andaluces”. Aquí es donde está lo mejor, porque ella misma se retrata a sí misma, porque esa afirmación de que “no representa lo que pienso” debería preocupar tanto a todos los andaluces como a Ciudadanos, porque si es así como ella misma afirma tendríamos que cuestionarle qué igualdad, qué políticas sociales y que conciliación va a defender.

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