Andrés Ocaña: un carácter, una época


Andrés Ocaña.
Andrés Ocaña. /Foto: LVC

El fallecimiento de Andrés Ocaña ha congelado el aliento a quienes lo conocimos, por la edad y la rapidez con que ha muerto. A lo mejor, él no hubiera aguantado otra forma. En estas horas se recuerda su paso por el Ayuntamiento, tan cercano y tan lejano a la vez, con infinidad de anécdotas, de vivencias, de disgustos, de confidencias, porque él era así y lo mismo te podía soltar un exabrupto que al rato te contaba algo que te podía interesar.

Desde sus tiempos de cantautor en la Universidad Laboral, Ocaña ya soñaba con cambiar la sociedad y desde el sindicalismo de Ustea y desde la militancia política, llámese PCA o IU, comenzó desde los escalones inferiores hasta llegar a eso a lo que aspiran todos los políticos, que es gobernar su propia ciudad.

Pero ésta no era la meta en el caso de Andrés, o al menos no lo exteriorizaba así. Su vocación era el servicio público y así lo supo cumplir de forma ejemplar desde los cometidos que le tocasen, ya fuese comiéndose marrones que él no había generado desde la Delegación de Presidencia o volviendo a poner en el suelo los pies de la Gerencia de Urbanismo tras unos años de vinos, rosas y muchos sueños.

Un día, en la barra del Limbo, me desarrolló la teoría de que en política nada es como parece, que las listas electorales no son el ranking de los mejores ni de los más preparados y que muchas veces es el destino el que de forma sorpresiva coloca a las personas en determinadas posiciones. Él había comprobado que muchas personas ocupaban tal o cual cargo simplemente porque habían estado en el momento preciso en el lugar adecuado, ni más ni menos.

Bastantes meses más tarde de este encuentro, Rosa Aguilar cogía de la noche a la mañana el último AVE con destino a Sevilla, más concretamente a la Consejería de Fomento de la Junta de Andalucía. De IU al PSOE en cuestión de horas. Si aquello dejó a la ciudad con la boca abierta, imagínense ustedes cómo se quedaron sus compañeros de gobierno municipal. A Ocaña le tocó ser alcalde sin pasar por una designación, por una campaña electoral y sin ser votado; es decir, se encontró el cargo en contra de su voluntad, por estar en el momento preciso en el lugar adecuado. Así es la vida. Pero su madera política le hizo reconducir con maestría la situación, calmar las aguas, tomar el timón y asumir la cabeza de la candidatura para las elecciones de 2011. Aquel mandato, breve y singular, que puso fin al rosismo en Córdoba, contó con el aplauso generalizado.

Aquella noche electoral en la que Nieto obtenía mayoría absoluta Ocaña iniciaba, con los ojos enrojecidos aunque con la cabeza bien alta, una nueva etapa en su vida. Este cambio de aires y de vuelta a la docencia forzado por unos resultados electorales le evitó entrar en la etapa política actual, en que, a buen seguro, no se sentiría plenamente identificado con una juventud que quiere triunfar en política antes de madurar, con unos postulados diseñados a golpe de tuit y unos principios moldeables hasta el máximo a golpe de demoscopia.

Andrés, forjado en los tiempos duros y después de haber sacrificado un buen puñado de años en pro del servicio público, no se hubiera sentido cómodo ejerciendo la política en estos tiempos. Sus valores de respeto, integridad y trabajo ya no valen nada. Qué pena.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here