¡A la Catedral!


Catedral de Córdoba./Foto: LVC
Catedral de Córdoba./Foto: LVC

Ir a la santa iglesia Catedral no es ir a cualquier sitio. Es ir a casa. Se hace estación de penitencia desde nuestra sede hasta el Templo Madre, donde adoramos al Santísimo Sacramento o la Santa Cruz, mientras meditamos contemplando la pasión del Señor y los dolores de su Madre santísima. Hacemos examen de conciencia, repasamos nuestra vida, agradecemos favores del Altísimo, pedimos perdón y reparamos penitencialmente nuestros pecados.

Ir a la Catedral es hacer un acto público de fe, y un acto público de adhesión y pertenencia a la santa Madre Iglesia. Es renovar nuestra inserción en Cristo muerto y resucitado a través de la Esposa. Cada vez que procesionamos a la Catedral, profundizamos en nuestra conciencia de pertenencia al Cuerpo Místico de Cristo, desde la escucha atenta, el afecto y la obediencia a nuestro Pastor, el Obispo.

Hace tiempo esbocé estos cinco puntos que revelan la situación vital de una cofradía, o que revelan su “muerte interior”, los cuales están esencialmente basados en nuestro nivel de unión efectiva con nuestra Madre la Iglesia y que pueden ser también cinco remedios contra esas crisis internas, que llegan a destruirnos:

1 ¿Participamos todos los domingos en la Eucaristía Parroquial, como mandan nuestros estatutos? La Eucaristía es la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana. Siempre celebramos la Eucaristía unidos en comunión con el Papa a través del Obispo.

2 ¿Demostramos verdadero interés por una seria formación permanente? De ahí la importancia del sacramento de la Confirmación que ha de ser recibido como vía de madurez cristiana. También cabe aquí preguntarse por las iniciativas de catequesis para nuestros jóvenes nazarenos y costaleros que llegan buscando a Cristo y han de encontrarlo en nuestro testimonio.

3 El ejercicio de la Caridad. Distingo tres niveles crecientes en importancia:

En primer lugar, la participación en campañas puntuales, como de Navidad, operación kilo, ensayo solidario, etc. En segundo lugar, la dedicación de un porcentaje real de nuestros ingresos a las obras de Caridad. Y el más importante: la implicación personal y real de los hermanos, comenzando por los que forman las Juntas de Gobierno, en el ejercicio de la Caridad, participando en Caritas parroquial, en labores de pastoral de la Salud, y otras iniciativas propias permanentes con mi tiempo y mi dinero.

4 Comunión eclesial y compromiso con mi diócesis de Córdoba. ¿Vivimos en espíritu de comunión y obediencia a nuestros pastores? Nuestra pertenencia a la Iglesia debe ser afectiva y efectiva. Aquí podemos analizar tres aspectos que nos ayudan a comprobar nuestra salud:

1º: La participación en los encuentros y convocatorias diocesanos, como pueden ser el encuentro anual con el Sr. Obispo, las jornadas de católicos y vida pública, la semana diocesana de la familia…

2º: La recepción de la nueva normativa y el fiel cumplimiento de nuestros estatutos.

3º: Implicación en las propuestas pastorales y formativas parroquiales.

5 Atención a la pastoral juvenil y vocacional: promoción de nuestros jóvenes, participación de estos en las actividades de las delegaciones diocesanas de pastoral juvenil y universitaria, afecto y colaboración con el Seminario.

Queda mucho por hacer, ¿verdad? Pues esto es mucho más importante que algunos proyectos materiales que monopolizan nuestro tiempo y desvelos. Estos cinco puntos hacen hermandad, construyendo el Reino de Dios en y con la Iglesia.

¡A trabajar! Un cofrade que se sabe y se siente miembro vivo de la Iglesia, vivirá en formación permanente, participará en todos los actos de nuestra hermandad, dará testimonio en medio del mundo siendo parte activa de nuestra vida. ¡A la Catedral!

Así llevamos a nuestros hermanos a casa. Cuando el Señor de los Reyes entre por las puertas del Primer templo diocesano, miraremos hacia dentro y descubriremos el amor presente de Dios ofrecido en la Iglesia. Miraremos hacia fuera y comprenderemos nuestra responsabilidad cofrade; la del testimonio público de fe.

Una cruz acariciada, que no cargada, repara con su presencia el dolor de otras cruces, en la Catedral. La mirada azul del Dulce Nombre de María continúa su enseñanza: ‘Haced lo que él diga’. En la Catedral, aguarda la presencia Eucarística, verdadera, real y sacramental del que muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida. En la Catedral, se entiende lo más profundo de nuestra esencia cofrade; porque en la Catedral renovamos el misterio de pertenencia obediente y amorosa a la Iglesia, a una con el Papa a través del Obispo. Esa pertenencia nos guarda de tentaciones, esta pertenencia libera de poderes ajenos destructivos, esta pertenencia nos salvaguarda de ataques e interferencias externas, sabemos que somos exclusivamente de Cristo y que Cristo está en la Iglesia.

Los enemigos de Cristo no quieren que los cofrades entremos en casa. Les conviene dejarnos a la intemperie, donde perdidos y a oscuras somos fácilmente manipulables.

¡A la Catedral!

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