De hebrea

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Cuando llega la Cuaresma, muchas hermandades deciden vestir la imagen de María santísima de hebrea; más natural, como de andar por casa. La imagino así de cercana y humilde los días previos a la Pascua, siguiendo a su Hijo entre la agitación de templo purificado tras la expulsión de los mercaderes, en las idas y venidas desde Getsemaní hasta la casa de Juan Marcos, desde Betania hasta el centro de la Ciudad Santa, en las compras de última hora en la plaza grande, pelo recogido, canasto de mimbre para la cena más importante del año. Para esa cena pascual te podrás lo mejor que te permita tu digna pobreza y tu humildad, pero el camino hacia Jerusalén y el trabajo de la Cuaresma exigen la alegre pobreza del vestir más sencillo.

Foto: Jesús Caparrós
Foto: Jesús Caparrós

Cuando la Virgen se viste de hebrea, parece más mamá en la tierra; porque los colores de María en Cuaresma muestran más de lo que aparentan. El manto azul noche me dice que puede ser de noche, pero que ahí está el cielo, al alcance de la vida de los hombres. Las sayas lisas, color de grana, como la tierra y la sangre, cuenta que María es de los nuestros, la mejor de los nuestros, pero de los nuestros; de esta sangre, de esta carne, de la misma carne y sangre que tomó su Hijo para ser el Dios infinito que, al encarnarse, se hace niño chico como tú, de carne como tú, de sangre como tú. El cielo ha envuelto, en María, a la tierra y la ha asumido para sí. Lo más llamativo es el colorido vivísimo y alegre del fajín de colores. Del color de la penitencia y del color del oro celestial es. Los colores son la Gracia, que la Gracia es de colores. María nos muestra el camino de la vida en Gracia, porque ella es la Gratia plena. La tiene toda, porque Dios la quiso así, pura, limpia y llena hasta rebosar del Divino amor. Muchos amigos cofrades han descubierto que es posible volver la vida como fajín de hebrea, volver la vida de colores. Y han vivido los Cursillos de Cristiandad. El método, el más sencillo; el resultado, a la vista está: todos los cofrades qué han descubierto en la Casa de San Pablo que el único capaz de animar la vida es Cristo y su ideal, él es el único capaz de rodear la existencia con un fajín de Gracia, de colores, como María. La Gracia nos permite pasar a alturas mayores, al blanco del tocado que envuelve esa ventana hacia el cielo que es el rostro de María en capillas y palios, blanco del alma limpia, preparada por Dios desde antes de la Creación del mundo, ese blanco de la Purísima, que puede ser el blanco del alma del cofrade bien preparado, de veras confesado y reconciliado con Dios, su Iglesia, los hermanos. Y por la confesión, al blanco de la Comunión Eucarística. De la confesión hablo ahora, que es el único modo de terminar bien la cuaresma. La verdadera víspera se vive de rodillas, ante el confesor y con sinceridad, destapando el alma ante Dios, que de verdad nos puede ayudar a hacernos la ropa bien hecha, sin correr el peligro de que una mala arruga en el alma estropee la estación de penitencia de la vida… fajados de misericordia por el perdón y fortalecidos por la comunión comienza la Semana Santa con el firme propósito de una vida, a partir de ahora, verdaderamente santa. No me he olvidado de dos detalles, los he dejado para el final: en las manos de María hay una terrible corona de espinas ¿Suya? –Sí. ¿De su Hijo? –Sí. ¿Nuestra? –Sí, sobre todo, nuestra. ¿No acabas de confesar? Has dejado tus pecados en manos de María. Ya se encargará la Iglesia, María, de ellos. Acabas de confesar: tus pecados quedan perdonados, deja tus dolores en sus manos, y deja que te vende las heridas con el rosario. ¿Con el rosario? Mira, es tan sencillo, de madera, que apenas se ve, casi oculto entre las ropas. Es como una cadena, para que te agarres confiado y subas curado hasta la contemplación del dolor resucitado, del pecado perdonado, de la vida restaurada, misterios nuestros de gozo, de luz, de dolor que conducen a la gloria. Con el santo Rosario se vendan heridas y se sube. Se sube al cielo, con María, con la vestida de hebrea.

De hebrea, más cercana,
al trocar tu corona
por purísima aureola de estrellas;
de hebrea humilde sierva;
vistoso el fajín,
chiquito el tocado;
que de hebrea eres pequeña;
manto liso, duro espino;
de hebrea, mujer y judía,
de hebrea, pobre en tu limpieza,
de hebrea, de pueblo;
de hebrea, de aldea;
de hebrea, María,
tú, Mamá,
tú, de hebrea.

Madre: de Dios y de los hombres, Madre de los discípulos, Madre de la Iglesia que está naciendo entre atroces sufrimientos en la cruz… María es la Madre espiritual que comunica la vida sobrenatural de la gracia a las almas, haciéndolas partícipes de la vida divina. Con tu amor cuidas a los hermanos de tu Hijo Jesucristo, que todavía peregrinamos por este valle de lágrimas luchando entre peligros y angustias, pero llenos de consuelo por tu presencia, fortalecidos por tu auxilio, curados por tu dulzura desgarrada.

Ya esta aquí la Madre, manos abiertas en busca del Hijo, Madre que comparte la pasión de todos sus hijos y participando en la Pasión, plena de dignidad, participa ahora en la gloria del Resucitado.

La Señora es con su belleza imán de corazones para conducirlos a Cristo; es la belleza que trasluce la bondad y la verdad de la fe. Es la belleza entre blondas del alma consagrada a Dios, la belleza envuelta en terciopelos de una vida al servicio de los demás, la belleza cuidada con fajines de seda de una limpia pobreza descubierta como libertad, la belleza vestida de tisú que irradia la gloria de Dios, la belleza bajo palio del amor sin medida. Y esa belleza se echa a la calle para derramar esperanza en este mundo de dolor, en este valle de lágrimas, para ser Madre y acompañar la prisión y condena del Hijo y de todos los hijos… ¿Quién no se siente amado al verla de cerca? ¿Quién no llora sus pecados al contemplar sus siete dolores? ¿Quién ha descendido a tal grado de inhumanidad, que no desea consolarla, cambiando de vida? ¿Quién no se vuelve niño arrojado en sus brazos, manos abiertas, para pedir amor?

Viernes Santo: Nubes, dolor, tarde negra, gente que corre y quiere refugiarse en donde la conciencia no les acuse. Alguien que se cruza con el cortejo fúnebre habla de muertos salidos de las tumbas y apariciones. Como a un recién nacido muerto, la Madre de los Dolores aprieta contra su pecho un fardo ensangrentado, los lienzos, corona de espinas y clavos.

Como entonces hizo María, la Iglesia hace hoy; continúa esta labor: apretar contra su pecho a los hombres desechados al borde del camino de la vida. A todo desecho humano, despreciado por la misma sociedad farisaica y la política injusta que los ha creado, la Iglesia lo aprieta contra su pecho: niños sentenciados a muerte por las prácticas abortistas de los servicios públicos de salud, pobres que son capaces de vencer la vergüenza y hacen cola para recoger un paquete de arroz, una manta usada; familias que necesitan ayuda para salvar su matrimonio en peligro; jóvenes que vagan a la deriva sin encontrar la razón de su existir; drogadictos en busca de rehabilitación, alcohólicos que quieren salir del pozo sin fondo; cada hombre solo cabe bajo el manto de la Soledad, la Madre de los solos, la del Dulce Nombre.

La Santa Madre Iglesia.

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