¿Ha salido bien?


Cuando los diputados mayores de gobierno de mis cofradías me preguntan en el agridulce abrazo final: -‘Pater, ¿Cómo la has visto? ¿Ha salido bien?’ siempre respondo lo mismo: -‘¿Ha servido para algo?’

Quien ha visto nuestra procesión desde la acera: ¿ha sabido que Dios lo ama hasta la entrega de su Hijo? ¿Ha saboreado el amor misericordioso del Padre? Quien ha acompañado con un cirio: ¿Sabe que quien lo acompaña es el Señor ahora y en cada dolor de su vida? ¿Es Cristo su luz y verdad? Quien ha trabajado bajo el palo: ¿Vuelve a casa habiendo dejado el peso de su soledad y de sus pecados sobre los hombros del Divino Redentor y entre las manos de su purísima Madre?

Salimos a la calle para que nuestra estación de penitencia SIRVA para algo. No para procurar el mero goce estético de lo que sale bien, para eso ya está el cine o el teatro. Para que sirva a los de dentro y a los de fuera, para que quien no sepa rezar en la iglesia, que aprenda a rezar en la calle; para que la Belleza –con mayúscula- enamore. Cuando la fe es madura, no se puede esconder en el último reducto del vivir; sale a la calle y toma posesión de nuestra ciudad, de su sociedad, de su cultura, del trabajo, del colegio y universidad y del tiempo libre. Así lo hicieron nuestros mayores, y convirtieron los días de la Semana Mayor en una manifestación pública de adhesión a los Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo; también en una catequesis plástica, sin palabras, que calaba en lo más profundo del sentir, del gustar, del saber de los más humildes y evangelizaba a través de los sentidos. Verdaderamente estética, profundamente ética. Si una procesión ha salido bien, se notará en el estilo de vida de cada participante y de aquel espectador que se ha dejado interpelar y conmover.

Así nos ha sido entregada la tradición de la Pascua cordobesa: en primer lugar, renovamos y alimentamos la verdadera fe en las celebraciones litúrgicas que actualizan nuestra salvación obrada en Cristo; en segundo lugar, conmovidos por el Amor crucificado y resucitado, nos echamos a la calle, para seguir orando agradecidos por el don recibido y para invitar a todos nuestros hermanos a vivir del Misterio de la Salvación sabiéndose amados, perdonados, reconciliados por la entrega generosa de Aquel que muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida.

Tener muy clara nuestra identidad y razón de ser. Estoy sinceramente convencido de que esta es la única vía a recorrer para vadear el obstáculo peligroso que acecha nuestras celebraciones religiosas: el intento de reducirlas a expresiones “culturales”, robándoles su carga y contenido evangelizador y contemplativo. Ha llegado la hora ineludible de afrontar nuestra responsabilidad cofrade de salvaguarda y testimonio de la fe de la Iglesia. Mediante la construcción de cada hermandad como una casa común de reconciliación, caridad fraterna, promoción cristiana, pastoral evangelizadora. En lo más profundo de su ser esto es lo que buscan y merecen nuestros jóvenes, cuando se sinceran con su capataz, cuando piden un consejo o destapan sus dolores más íntimos, cuando reclaman un abrazo, que a veces no consiguen en casa, y que les ayuda a no sentirse solos. Mientras tanto, en los coches de nuestros chavales ha dejado de sonar el “perreo” y ahora, en cuaresma, atruenan con “La fe” y “Mi amargura” con orgullo y deseosos de que pase el tiempo hasta el gran día. Y cada hermandad debe ahora procurar para ellos una profundización auténtica en el sentir y vivir cristiano. Es necesaria esa transformación interior y exterior que llamamos conversión, y que la Iglesia pide como don de Dios durante el santo tiempo de Cuaresma.

Desde este espíritu, caminaremos de Pascua en Pascua con confianza y seriedad hacia el Paso último, que nos introducirá para siempre en Cristo. La vida habrá sido una gran Cuaresma para una gran Pascua: “de este modo, celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua, podremos pasar un día a la Pascua que no acaba.” De mármol a mármol, del mármol de la tierra al mármol del cielo.

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