Con permiso, buenas tardes, vengo pa’ que me detengan

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Córdoba para morir, Sevilla para resucitar. He dicho. Y ya me he puesto en contra a la mitad de la audiencia. Se están empezando a desconectar de la web los pocos que pincharon en mi artículo. Va en mi ADN ir en la dirección contraria y decir lo que no gusta escuchar. Pero estoy a gusto. Si no es así, no me hallo. Comienzo de esta forma y con esta confesión este artículo en el que me quiero presentar ante ustedes para que conozcan al nuevo que va a escribir dos veces al mes opinión. Y es que es verdad que aunque Córdoba no se puede comparar con ninguna otra porque es única, Sevilla es el camino que me han marcado la vida y las personas que he ido conociendo como el lugar en el que desconecto y disfruto. Y por eso quiero vivir mi esperanza eterna junto al Señor de Sevilla, aunque aquí ‘de Sevilla’ sobra porque diciendo ‘el Señor’ no hay nada más que añadir.

¿Quién me lo iba a contar? Si me lo anuncian en mi adolescencia y juventud, no me lo creo. Yo que era un cordobita que no quería salir de esta tierra y no veía más allá de la Cuesta del Espino, que estudiando en la ciudad vecina cada día que no había clase era un día que cogía el tren barato de vuelta, que empecé a comer salmorejo hasta que conseguí que me gustara -yo no le pillaba el sabor- porque era de lo más nuestro, que me acostaba exclamando: “¡Tongo!”, cuando la candidata hispalense ganaba Miss España en los tiempos que el concurso de belleza era un auténtico fenómeno social, y otros pegoletes varios que llevaba por costumbre… yo, decía, queriendo volver a Sevilla. Esto es inaudito. ¡Qué va! Es la vida que da lecciones. Y el conocimiento, que enseña a sorprenderse y amar lo que antes era extraño y desconocido para uno.

Y así me presento ante ustedes después de haber entrado sin pedir permiso en esta sección hace dos semanas: cordobés de nacimiento y sentimiento, sevillano de sentimiento y adopción. Debo decirlo porque me gusta ser justo y en aquella capital he pasado algunos de los momentos más felices de mi vida. Quizá me ocurra con estas dos capitales hermanas como ocurre en cofradías según la teoría que mantenía un antiguo compañero de colegio: tenemos una que es la nuestra de toda la vida que vamos a querer siempre y es, precisamente porque la queremos tanto, en la que sufrimos y otra que nos ha acogido solo para disfrutar y a la que hemos aprendido a amar. Yo tengo cariño suficiente para mis dos cofradías y las que vengan y para mis dos ciudades predilectas, Córdoba y Sevilla, y otras también apreciadas como la de Cádiz y sus coplas. Quien sea carnavalero habrá entendido mejor el título del artículo, que he elegido porque después de mi sentencia inicial, lo mismo alguien quiere detenerme o dejar de leerme. 

Igualmente, les tengo que decir, entre las cosas que me definen, que soy periodista licenciado. Pero mucho antes que todo lo que he contado, y sobre todas las cosas, soy hijo de la Virgen de la Esperanza, ya desde mi concepción allá por mayo del 83, que es cuando comencé a vivir aunque haya ideologías perversas que lo quieran negar; porque soy cristiano, por tradición familiar y porque lo razoné cuando tuve capacidad de hacerlo y conocí en serio a Dios de manera que abracé con más motivos que nunca el Catolicismo, la religión verdadera; aunque también, con dolor lo digo, he sido y soy oveja desatendida por muchos pastores de mi Iglesia… pese a que mis mejores amigos llevan clériman. Aunque para el Buen Pastor, que Él sí importa y no los hombres, soy la oveja número cien, pues va a buscarme a diario dejando a las otras 99.

¿Qué más soy? Un hombre, es induscutible. Y un hombre siempre en apuros. Dice mi sobrina mayor que también un tito goloso porque a menudo le pido alguna de sus chucherías o se las quito cuando no mira porque me puede lo dulce. Y un goloso, además, que se incendia -o lo incendian, mejor dicho, yo pongo el combustible y los demás me acercan el mechero- a menudo, pues soy pasional, impulsivo, y por ello quizá un peligro opinando. No sé si ha hecho bien mi director dándome esta oportunidad. Como digo, soy pasional y claro, por eso defiendo con vehemencia que lo que es blanco es blanco y lo que es verde es verde, pero verde esperanza, por favor.

Además, no soporto las injusticias y aquí espero poder denunciarlas. Y retomando lo que les decía, por eso de ser goloso y por aquello de que ardo fácil he querido llamar a este espacio creativo ‘El goloso en llamas’, que resulta que investigando en el chismoso y sabiondo de Google me he enterado de que es también el título de una canción de rock pero yo de rockero no tengo nada. Así que ‘El goloso en llamas’ aunque suene a cachondeo, o poco serio me dijo un amigo cuando le anuncié el título de mi columna en este diario digital: La Voz, que no es la Voz de Sevilla, que es donde habrán pensado ustedes al comienzo de esta parrafada que me gustaría y debería ir a pedir trabajo para escribir si tan pillado de aquello estoy, sino La Voz de Córdoba. Les diré que lo mío con esta empresa que me ha rescatado es un nuevo e ilusionante comienzo en mitad del camino ya empezado hace tiempo, un inicio a los 35 años después de echar a andar periodísticamente a los 21 que me ha hecho reconciliarme con mi ciudad, en la que he pasado malos momentos, y también, voy a decirlo, aunque me ha costado tela, reconciliarme con algunos aspectos de mi profesión. A ninguna de las dos las he dejado de querer. Y es que, me refiero a la ciudad ahora, uno puede enfadarse con la mujer que le dio la vida pero siempre será su madre y siempre habrá un momento para volver a abrazarla.

Por cierto, hablando de madre, la mía biológica me parió en un edificio del que hace no mucho me enteré que es una joya de la arquitectura, cosa que nunca habría pensado. Yo siempre lo he aborrecido. El Hospital Provincial siempre fue para mí aquella mole que se cargaba al fondo en el horizonte las vistas y las fotos bonitas de los magníficos Jardines que tenemos en el Alcázar de los Reyes Cristianos que estaban hechas desde los estanques superiores donde nadan los peces. Yo iba a nacer en Cruz Roja, junto a la Puerta de Almodóvar, junto a la parte de muralla de Córdoba que comienza en Séneca y se empieza a acabar en Averroes, eso me habría inspirado mucho en la vida, me habría inoculado algo de magia y duende, pero el médico que asistió a mi madre tenía turno esa noche en la que respiré oxígeno por primera vez por mí mismo en la sanidad pública aunque también trabajaba en la privada que es por donde yo iba a llegar. Vamos que les costé un dinero a mis padres innecesario ya desde el principio porque pagaron servicios privados para terminar usando un centro público. Luego me pagarían más cosas que han sido innecesarias en mi vida, como lo es mi carrera desgraciadamente.

Y creo que es suficiente con esto para que se hagan una idea ustedes de quién soy, de qué me gusta, de quién lleva desde junio contando historias y siendo uno de los que matizan esta Voz de Córdoba y que a partir de ahora cada cierto tiempo va a opinar cosas de importancia, siempre relativa, y otras veces pegos que me vengan a la mente y a las manos sobre el portátil. Dos cosas más. Soy cofrade y rociero. Un tío muy típico. No les voy a decir si soy de izquierdas o de derechas, eso ya lo verán, y tampoco diré que soy de este o aquel partido, solo les adelantaré que soy del que busca el bien del pueblo y se lo procura realmente con hechos, no del que solo se lo anuncia y se lo vende mintiendo para luego no cumplir. Tampoco tolero a quien pide respeto sin respetar y a quien me dice cómo debo pensar. En ese sentido opinaré. Y aunque me gustan y comparto ideas de aquí y de allí, más de unos partidos que de otros, no soy cien por cien de nadie, voto al que creo que beneficia a la mayoría pero comulgar no comulgo del todo con ninguno. Yo solo comulgo en la iglesia porque el único que no se equivoca nunca y busca el bien verdadero del hombre sin pensar en rascar algo para sí, aunque sólo sea un sueldo, es Dios.

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