Mi Esperanza, tu Esperanza

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María Santísima de la Esperanza de Córdoba. / Foto: Emiliano Sánchez Castro

Toc, toc. Me cuelo. Voy a entrar en la sección de opinión de La Voz de Córdoba por primera vez sin pedir permiso y sin presentarme. Dejaré las formalidades para otro día porque lo que tengo que decir es urgente y no puede posponerse. Y es que hoy es el día, es el momento preciso, ha llegado la hora que llega una vez al año. Lo que tengo que contar es, además, un ofrecimiento que te hago a ti, lector, en esta mi primera columna. No he llegado de vacío, vengo con algo que darte. Yo te traigo la Esperanza. La quiero compartir y puedo compartirla porque la siento mía y en cierto modo me pertenece. No más que a otros, de acuerdo, pero está en mí, me define, me construye y, sobre todo, me reconstruye. Y yo quiero hacerla de todos. Quizá ya la conozcas y también la hayas hecho parte de tu vida como yo la hice de la que vivo, pero déjame hablarte otra vez de Ella. Y si aún no la conoces, hazlo hoy que para eso es 18 de diciembre, el día más bello y con más luz del año junto al Domingo de Ramos, aunque le diera por diluviar.

Mi Esperanza nunca ha estado en la Caja de Pandora, nunca fue un mito, la mía es una realidad, una verdad magna y protocristiana, una mujer pensada desde el comienzo de los tiempos por el mismo Dios. La Esperanza se puede entender como algo intangible, como un sentimiento o como una virtud que nos cuesta practicar a algunos pero que cuando la cosa se pone fea se la requiere, como a Santa Bárbara cuando truena. Y mejor que esté en las malas, porque si no, más malas son. Pero la Esperanza, que es trascendente como virtud y es música y oración como el bálsamo que compuso con su nombre Rossini, es algo también vivo; sí, vivo, y físico que está presente en muchos lugares a los que acude la gente a rezar, pero, ¡ay! No en todos los sitios es igual ni en todos los casos me arrebata el corazón como lo hace donde ahora te cuento y te invito a visitar.

Mi Esperanza comenzó a ser en mi juventud la misma que inspiró a Gámez Laserna el trío más perfecto que se ha escrito para una marcha de procesión y que yo vi pasar también un buen día de tal manera que quise ser un hijo más de los miles que tiene repartidos por todo el mundo y que esta última semana hemos ido a visitarla. Pero a la primera Esperanza que yo conocí, en honor a la verdad, y la que no falta de mi memoria, la que es mi primer recurso siempre cuando necesito ayuda y a la que tampoco le falto los días como el de hoy, es una cordobesa de ojos verdes que me cogió de la mano con seis años y que desde entonces no me ha dejado. Yo a ella sí la he apartado como el imprudente infante que suelta a sus padres para correr a cruzar la calle solo por primera vez sin pedir permiso. En ese caso, lo normal es que los padres reprendan con un azote al chiquillo, pero con la Esperanza no pasa eso aunque ella es tan madre y más madre que cualquiera de las madres. Cuando la he soltado para cruzar la calle por mi cuenta ha sido la vida la que me ha azotado y, sin embargo, la Esperanza, que siempre me estaba mirando mis pasos como mirará los tuyos si quieres, esperaba a que llegara al otro lado de la calzada para darme un abrazo, calmarme el llanto y el susto y cogerme de nuevo la mano para seguir andando. Y decirme, por supuesto: “no cruces más sin mí, aunque estás perdonado”. Porque ella es maestra en olvidar las afrentas y los rechazos, no en vano educó en el perdón a su Hijo que es quien mejor lo practica.

Y es que la Esperanza, la que hoy celebro y con la que me gozo, es un consuelo que siempre se muestra y se da, es lo que encuentro al final de una confesión con el sacerdote, porque es, en cierto modo, también lo que subyace en todo propósito de enmienda en la vida para hacer bien lo que antes se hizo mal. Eso representa y me sugiere mi primera Esperanza, la Virgen de los cimientos de mi existencia, que está en la parroquia de San Andrés de Córdoba pero vive realmente en la Gloria junto a los que yo les encomendé cuando se fueron de mi vera en este mundo. Y pese a estar en el cielo ha bajado conmigo, para no dejarme solo, a mis peores infiernos para sacarme precisamente de ellos. Porque ella forma parte de mi cotidianidad, es lo mejor que me ha pasado y lo mejor que te puede pasar si la frecuentas y la escuchas. Dice la salve: “Mas si mi amor te olvidare…”, y para que eso no ocurra y como no vivo cerca de su iglesia para visitarla a diario, es suya la fotografía más grande que tengo en mi habitación para que sea lo último que veo antes de cerrar los ojos para dormir y lo primero que contemplo cuando los abro para pasar el día.

Pero desgraciadamente, la Esperanza es también una ausente en la tierra, no porque Ella no esté sino porque no le permiten quedarse, porque hay quien no la espera ni la busca ni la quiere. Porque muchos la echan de sus vidas. La Esperanza es la gran ausente de un mundo que va sin rumbo sin ella. He de confesarlo, yo no doy ejemplo de llevarla por bandera en algunas ocasiones, pero sigue latente en mi corazón, cuando la rodea la oscuridad, como una tenue luz casi imperceptible que nadie consigue apagar. Mi Virgen de la Esperanza es permanente en mi vida, por la que vela, y lo será de la tuya si quieres, igual que la llama que siempre está encendida para alumbrar y velar en el Sagrario.

Yo por eso te invito a que te acerques a la Esperanza, hacia la que tengo la sana costumbre de peregrinar hoy. Te animo a que peregrines también tú este 18 de diciembre. Ella te aguarda en San Andrés. Y si no puedes ir, dedícale una oración antes de empezar el día, o cuando pares un segundo a respirar en el trabajo; aunque sea cuando regreses a tu casa y te dispongas a descansar. Pero si es posible, te aconsejo que acudas a verla y le beses la mano que hoy nos ofrece a todos, porque hacerlo es un privilegio que no cualquiera tiene. Y aunque le veas lágrimas en las mejillas no te aflijas, debes saber que hoy son de alegría por el Hijo que está por nacer y por los hijos que acudimos a visitarla. Y pese a esas ocho gotas de rocío del alborear cordobés que caen por su cara, sus labios sonreirán cuando te vea llegar ante Ella. Por cada beso que le selles, mi Esperanza, tu Esperanza, te dará un motivo para la felicidad.

María Santísima de la Esperanza de Córdoba. / Foto: Emiliano Sánchez Castro

1 Comentario

  1. Magnífico artículo. Necesitamos textos periodísticos como éste que nos eleven el ánimo. Estamos ya cansado de tanto hastío y podredumbre. ¡Enhorabuena “goloso en llamas”!

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