Los detalles

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Foto: Valentín Moyano

Cuando los primeros rayos del Sol alumbran la puerta de San Lorenzo el cofrade sabe que algo está pasando. Algo que lleva un año esperando, algo que lo llena por dentro.

Es ese capirote que atisba desde el umbral de cualquiera de nuestras iglesias, es ese olor a incienso y azahar que se funde con el ambiente, la ilusionante mirada de un niño que por primera vez ve una cofradía en la calle…

Foto: Lionel Díaz

Es el estreno de un costal bordado con el nombre que te pellizca el alma, son las flores que durante toda una noche han estado pinchando almas de la cofradía para que luzca perfecta.

Foto: Joaquín Conde

Esa cera que arde, que ilumina, que quema la mano de ese humilde nazareno que acompaña a su hermandad desde el silencio, desde el anonimato.

Foto: Araceli Roldán

Es ese nazareno descalzo, con cadenas o sin ellas, que va cumpliendo su penitencia dando las gracias por haberlo escuchado.

Foto: Antonio Salazar

Son esas llamadas de los capataces, a voz en grito, animando a sus muchachos que son los pies de Cristo y su Bendita Madre, recordando los fríos ensayos de invierno soñando con este momento.

Foto: Antonio Jesús Baena

Es el sonido del llamador, tres veces, como los tres clavos de Cristo los que hacen que nuestro Señor y su bendita Madre vayan derramando amor y esperanza por los rincones.

Foto: David Rodríguez

Es esa levantá, a pulso por los que ya no están, para que disfruten desde donde estén y siempre sean recordados.

Es ese “Al cielo con Ella” por los que lo pasan mal, para que Ella les ayude en su camino de tinieblas y vuelvan a ver pronto la luz.

Foto: Antonio R. Aragón

Son esas manos dolorosas, llenas de rosarios y pañuelos las que llevan las plegarias, oraciones y consuelo.

Es ese puñal en el pecho, el que muestra el dolor de una Madre a la que le quitan su más preciado tesoro, vejado, humillado, torturado…

Son esos candelabros de cola o arbóreos que los hermanos llevan meses limpiando, con cuidado, con esmero, para que iluminen sus caras en la negra y fría noche.

Son las borlas de esa bambalina que al rozar con el cimbreo de los varales tocan música celestial para enjugar las lágrimas de su rostro.

Son esos pétalos de flores que, lanzados desde cualquier balcón, con fe y devoción, pretenden hacer una alfombra de plegarias, peticiones y rezos al rachear de las zapatillas sobre el asfalto.

Son las miradas de devoción sincera, las de verdad, las que nacen desde lo más profundo del alma, las que se reflejan en los ojos de cualquier hermano sea cual sea el lugar que ocupe.

Foto: Eva María Pavón

Son la negra mantilla de luto, negra como el azabache, la que pretende hacer de sudario para limpiar su rostro.

Son esos clavos que atraviesan sus manos y pies, los que nos atraviesan a todos cada año, Semana Santa tras Semana Santa una y otra vez.

Es esa corona de espinas, que, ceñida a su frente, con las espinas clavadas en su piel nos hacen llorar lágrimas de sangre.

Foto: Valentín Moyano

Son esas pequeñas cosas que nadie ve, las que terminan quedando en la memoria de los recuerdos reflejados en fotografías que son detalles de emoción.

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