El virus de la censura


En pleno siglo XXI la triste cultura de la cancelación ha encontrado una poderosa aliada en la censura oficial

Hasta ahora los poderes fácticos si querían acomodar la agenda informativa a sus intereses solían- suelen- apretar el botón de los presupuestos publicitarios y los medios de comunicación, sobre todo desde la crisis de 2008, adoptaban un tratamiento de callada docilidad para según qué temas o noticias. En ello afecta también la línea editorial seguida por cada uno, por supuesto. Y hasta el estado de ánimo del último redactor que publica. Son variados los aspectos y circunstancias que influyen en la selección informativa y que determinan que un acontecimiento o hecho sea seleccionado frente a otros que son desechados.

La pandemia ha supuesto una vuelta de tuerca muy seria en este sentido. Desde el origen de la misma – un país comunista sin transparencia informativa- hasta la avalancha de noticias en un mundo hiperconectado, los medios tratan de mantener un difícil equilibrio entre la veracidad, la prudencia y los intereses de gobiernos, estamentos sanitarios y corporaciones farmacéuticas. Y así la mayoría de los gobiernos occidentales, muchos de ellos con asentada tradición en democracias liberales, no solo han fomentado un discurso unívoco y casi indiscutible, sino que han usado la fuerza legal que les es propia para tratar de controlar a la población en pro de un marco sanitario seguro. Y ello ha contagiado y afecta a la información, tanto al derecho de ejercerla como de recibirla de manera libre y veraz.

Ese bien supremo que es la vida y que los estados  esgrimen a pesar de tremendas contradicciones como son el aborto legal, la eutanasia y la pena de muerte se ha convertido en un argumento monolítico, indiscutible y punitivo si el discurso se pone en entredicho. No se duda del valor de la vida, sino de los medios empleados para salvarla en la lucha contra la pandemia, y eso es lo que hacen otras voces que disienten del discurso oficial. En pleno siglo XXI la triste cultura de la cancelación ha encontrado una poderosa aliada en la censura oficial, gubernamental y de muchos medios de información obedientes. Y no solo de los medios, sino de corporaciones y empresas que son las que manejan las distintas – pocas en realidad- plataformas digitales que son también los canales de información hoy en día.

Le ha pasado esta semana a Joan Ramón Laporte, profesor honorario de la UAB y uno de los mayores expertos en farmacología de nuestro país. Laporte ha cometido varios ‘crímenes’: desviarse del previsible discurso que los partidos de izquierda que lo citaron esperaban en la Comisión de Investigación del Congreso, sobre la gestión de las vacunas, y decir lo que según sus datos y estudios conoce y que provenían nada más y nada menos que de la agencia española de farmacovigilancia. No era ‘lo esperado’ ni ha sido lo ‘correcto’. La intervención de Laporte se ha visto retirada de canales como Youtube; las agencias de factcheking – que solo chequean o confirman al dictado ideológico de sus dueños- lo desmintieron y diarios veteranos de tirada nacional se negaban a hacerse eco de sus declaraciones por ‘impuras’, y no es esta una hipérbole sino  un adjetivo adecuado para describir cómo están ocurriendo ciertas cosas.

No nos corresponde valorar lo manifestado por el señor Laporte. A los medios, en cualquier caso, les toca contarlo y contrastarlo. Pero lo que ha ocurrido es que no solo se le ha silenciado, sino que, como gusta a la cultura de la cancelación, se le ha despachado encima una buena dosis de desprestigio. Sí. En la sociedad red del siglo XXI que tan nobles causas abandera se ejerce la censura más inmoral.

Es oportuno por cierto, decir aquí, que ayer la Junta de Andalucía, unilateralmente, decidió no informar sobre el número de contagios por coronavirus durante el fin de semana. Solo cifras de hospitalizados y vacunas administradas. Y no hubo más explicación. La administración andaluza ha sido la encargada de facilitar la información diaria sobre las principales cifras de la pandemia. También la que ha regulado parte de nuestras vidas debido a ello. Y los medios con mayor o menor ánimo y fortuna, contarlo. Pero no ayuda monopolizar la información y distribuirla con los mismos criterios científicos que  obligan a la ciudadanía a portar un pasaporte covid. O sea, ninguno.

Se nos decía que saldríamos más fuertes, pero todo apunta a que nos quieren más callados.