La reforma del maquillaje


Una reforma laboral ,más allá de los condicionamientos ideológicos, debe estar en consonancia con los tiempos y el mercado

Si algo pone de acuerdo a casi todas las partes afectadas por la nueva reforma laboral impulsada por el ala de izquierda radical del Gobierno de Sánchez es que no gusta a casi nadie. Bien es cierto que la militancia sindical  de la ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz,  se ha tornado en reivindicación  hacia la pose, el gusto por codearse con las altas esferas y el deslumbramiento que le produce el estar encantada de conocerse. Suele pasar cuando se pisa moqueta y coche oficial, sobre todo a los sindicalistas de clase. Eso sin duda ha influido en que lo que se venía anunciando como una reforma casi revolucionaria y ha quedado a medio camino entre el ajuste de cuentas con el Gobierno de Rajoy – uno más-  y un maquillaje de cara a la ‘famélica legión’  a la que todavía tratan de convencer que defienden. Y por supuesto otro ejercicio ideológico de un Gobierno que ha olvidado el necesario consenso parlamentario para legislar a golpe de decreto ley y los dictados de los secesionistas y filoterroristas. En ese sentido, esta reforma laboral es otro ejemplo de la inmoralidad de un Gobierno al que la sociedad española, si despierta y madura, deberá pasar factura no solo en las urnas sino en los tribunales.

Y es una inmoralidad porque ni era necesaria ni se ha analizado con detenimiento, sin sesgos ideológicos y arribistas, los efectos positivos y negativos de la anterior. Una reforma laboral es una herramienta que debe servir para la creación de empleo, el fomento de la actividad empresarial y de servicios y la garantía de que los trabajadores puedan ejercer su labor salvaguardando sus derechos y conociendo, por supuesto, sus obligaciones. Una reforma laboral ,más allá de los condicionamientos ideológicos, debe estar en consonancia con los tiempos y el mercado, en una época en la que la digitalización ( y la pandemia) han cambiado las relaciones entre los trabajadores, los empleadores y la demanda de trabajo. La izquierda sigue anclada en este sentido en una realidad que ya no es de este mundo. Bien es cierto que lo hace desde la comodidad que da el sillón, el cargo y no correr ningún riesgo cuando se decide por el capital y el dinero de los demás.

Esta reforma, por tanto, no viene a responder a las necesidades del mercado laboral ni se ocupa del escenario en el que actualmente nos movemos debido a la crisis del coronavirus. Si en algo coinciden todas las voces críticas es que es ajena a la realidad. Una queja que se hace mayor desde el sector agroganadero, que se verá intervenido además de castigado por una norma sobre contrataciones que atenta sobre la propia esencia de la actividad agraria, como es la temporalidad. Hace tiempo que la izquierda abandonó a los trabajadores, pero sobre todo a los agrícolas. Para ellos el cambo es un meme con Yolanda Díaz sonriendo sobre un prado verde hablando de ecologismo y sostenibilidad.

Les pasará factura, sin duda. Empresarios y trabajadores, a la postre, son los que pagan estas abultadas nóminas de desahogados que maquillan normas para tener unos  minutos de gloria en Twitter.