Garzón, el obediente


En este escenario la ganadería, sea esta extensiva o no, está condenada a desaparecer tal y como la conocemos o ser reducida.

Agenda 2030
Alberto Garzón./Foto: BJ
Alberto Garzón./Foto: BJ

Las recientes declaraciones del ministro de Consumo Alberto Garzón sobre el sector ganadero han desatado una ola de críticas que no deberían quedar en las hemerotecas sino que merecen una lectura mucho más amplia y con mayor perspectiva. Desde que hace unos días el presidente de Asaja Córdoba, Ignacio Fernández de Mesa, se hiciera eco de tales manifestaciones y pidiera su dimisión – si no fue el primero en hacerlo sí que se ha adelantado incluso a los políticos en la oposición- el asunto se ha convertido en un reguero de indignación generalizada y de solicitud de responsabilidades al Gobierno.

Justo es decir que el ministro, en las declaraciones que recoge el diario británico The Guardian, hace una defensa de la ganadería extensiva que se practica en gran parte de España como un modelo sostenible y respetuoso con el medio ambiente, pero tras ello se mete en un innecesario jardín hablando sobre ‘megagranjas’ y poniendo en duda las prácticas de las mismas y la calidad de la carne que exportan. Un modelo de producción ganadero con apenas incidencia en nuestro país y que en cualquier caso no merece la crítica pública de un ministro español sino la toma de medidas al respecto, si tan negativas son. Un ministro que debería conocer también cómo el Gobierno al que pertenece trata a la ganadería extensiva  española en el marco europeo. La Fundación Savia denunciaba esta semana, al hilo de la polémica suscitada, que España deja totalmente fuera de las Ayudas a la Renta (Pagos Directos), a más del 70% de todos los Pastos Permanentes españoles, mediante una sofisticada operación de ingeniería administrativa, que supone el trasvase de alrededor de 400 millones de euros anuales del sector de la ganadería extensiva (Ayudas Básicas a la Renta) hacia otros sectores intensivos menos beneficiosos medioambientalmente para la sociedad, y más insostenibles económicamente desde el punto de vista del aprovechamiento racional de los recursos naturales del suelo. Añaden desde Savia que los ganaderos de extensivo solo tendrán en la nueva PAC 4,5 millones de Derechos de Pago Básico (el 22% del total nacional), y lo que es aún peor, sus Pastos Permanentes solo recibirán el 12% del total del importe de la Ayuda Básica que llega desde Bruselas a España. “Continuaremos por tanto viviendo de espaldas a la realidad y hundiendo definitivamente a la ganadería extensiva”, concluyen. Pero esto Garzón no lo ha dicho. O lo desconoce, lo cual es peor.

Alberto Garzón no obstante sí que ha hecho lo que se espera de un empleado obediente, y es la defensa y preparación del terreno (abonarlo, que es lo que corresponde en este contexto) para lo que ha de venir bendecido por la Agenda 2030, que entre sus “objetivos de desarrollo sostenible” contempla no solo la reducción del consumo de carne sino la sustitución de la misma por carne elaborada a base de derivados vegetales o lo que se denomina ‘carne cultivada’ y que , a muy grandes rasgos, se produce con células extraídas del animal, replicadas y procesadas para su posterior consumo. Todo esto envuelto en el mantra de ‘los expertos’ sobre el efecto contaminante del ganado y sus consecuencias en el cambio climático. Por supuesto en este escenario la ganadería, sea esta extensiva o no, está condenada a desaparecer tal y como la conocemos o ser reducida. Y este es el discurso. El mismo que obedientemente ha replicado Garzón y abraza todo el gobierno español, Europa y la ONU.

No es pues lo que ha dicho un ministro torpe lo que debe preocuparnos, sino algo que trasciende a la ganadería española y a los consumidores: un futuro distópico, transhumano y manejado por corporaciones y grupos de poder disfrazados de salvadores del planeta.

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