Morir perdonando


La Iglesia reconoce a sus mejores hijos y nos enseña que otra vida es posible y que además es eterna y mucho mejor cuando el amor es el motor de la misma.

Beatificación de los 127 mártires./Foto: Cabildo Catedral

La Catedral de Córdoba ha acogido uno de los actos principales que son la razón de ser y estar  de la Iglesia en el mundo y del mensaje que desde hace más de dos mil años transmiten a la Humanidad: el amor fraterno y la trascendencia espiritual y eterna del hombre gracias a ese amor.

La beatificación de los 127 mártires que ayer tuvo lugar es la culminación de un proceso que inició el anterior obispo de la diócesis, Juan José Asenjo y que felizmente ha podido celebrar en actual prelado, Demetrio Fernández junto con el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el Cardenal Marcello Semeraro, pero que en realidad comenzó mucho antes: en uno de los más tristes periodos de la historia de España.

Aunque ese periplo de odios exacerbados y ciegos comprende fundamentalmente desde el año 1931 al 1939, fue durante la fratricida Guerra Civil cuando tuvieron lugar la mayor parte de los asesinatos, sobre todo al comienzo de la misma. A poco que los lectores de este periódico hayan seguido la profusa información que sobre este proceso hemos publicado, habrán observado que en la mayoría de las declaraciones, anuncios y ponencias que desde la Iglesia se han realizado al respecto, en muy pocas ocasiones se menciona la contienda. En todo momento se habla de persecución religiosa, que es lo que ciertamente fue: se mataron a españoles por profesar la fe católica. Como señalaba el obispo de la diócesis cordobesa en su última carta pastoral “Estaban en sus casas o en sus parroquias, formaban parte de las filas de Acción Católica, se distinguían porque hacían el bien a los demás, y fueron asesinados por odio a la fe”. En todos estos meses y años desde que comenzara este proceso de beatificación no ha habido ninguna declaración ni valoración al respecto que condene exprofeso a los perseguidores. Se les ha tratado con la misma misericordia y compasión que merecen los mártires y con ello la Iglesia vuelve a dar ejemplo de lo que tiene encomendado que no es sino el encuentro entre los hombres superando diferencias e invitándoles a vivir según nos indicó Jesucristo.

Porque más allá de lo ocurrido ayer en el primer templo de la diócesis, en lo que a litúrgico y festivo se refiere, lo fundamental es el mensaje y el calado del mismo. La Iglesia reconoce a sus mejores hijos, como también los definió el obispo, y nos enseña que otra vida es posible y que esa vida además es eterna y mucho mejor cuando el amor es el motor de la misma. Que todo se supera, hasta la propia muerte, y adquiere un sentido. Y que esto no es algo exclusivo de los católicos en particular o de la cristiandad en general que ayer evidentemente vivió un día muy grande. Este es el mensaje que sigue siendo válido, perpetuo, claro y absolutamente cierto. Y del que se debería tomar nota sobre todo aquellos que viven alejados de la fe y buscan la justicia y la felicidad en lo mundano y humanamente imperfecto.

Y no ha podido ocurrir en mejor momento cuando cada día y en la actualidad no solo se vive una mayor y encendida polarización de la sociedad, y al disidente – y en particular al creyente- se le persigue, discrimina y se trata de silenciar por las vías civiles y los grupos de presión, sino que se vive con una desorientación secularizada que pone a los hombres frente a ellos mismos pero sin encontrar una luz y un sentido, en un mundo devorado por el consumismo y las ideologías.

Morir perdonando a los que te matan es uno de los gestos más grandes que un ser humano puede hacer. Para la Iglesia además es motivo de alegría por cuanto sabe que su mensaje sigue estando presente con inmutable validez  y además llena el Cielo con los mejores, que seguirán intercediendo por nosotros.

Pero sobre todo debe ser también el aviso de que odiar al diferente puede provocar que el ser humano saque lo peor de sí mismo y viva entre tinieblas. Y eso, a la vista de los muchos derroteros que hemos tomado en la actualidad parece peligrosamente fácil.