No solo son las pensiones, sino nuestro ‘estado del bienestar’


Habrá menos cotizantes en activo para más pensionistas. Menos dinero y más gente a la que pagar.

Cuando hace un par de semanas el ministro Escrivá tuvo el ‘desliz’ de anticipar que unos cuantos millones de españoles cotizantes – los nacidos entre el final de la década de los 50 y los 70 del siglo pasado- tendrán que jubilarse más tarde o ver recortada su pensión, se encendieron las luces de alarma pero no porque el ministro desvelase algo desconocido e improbable, sino porque verbalizó y expuso públicamente lo que todos sabemos desde hace tiempo o no queremos ver: que el sistema de pensiones es insostenible.

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Son muchas las variables que influyen en este sistema y que, de facto, ningún gobierno en democracia ha sabido o querido reestructurar porque ello, sobre todo, requería unas dosis de consenso a los que la partitocracia renunció recién finiquitada la Transición o un poco antes de que esta cerrase capítulo. Los gobiernos solo han trabajado en clave cortoplacista, partidista y “pegando una patada hacia adelante” al problema, como muy bien  explicó uno de nuestros invitados en el pódcast El Coro de esta semana. Influye también, como así mismo se apuntó en esta tertulia, la escasa educación financiera de los españoles, a los que se les ha procurado más adoctrinar con programas ‘sexuales/afectivos’ que con lo que verdaderamente importa: las cosas de comer.  Hay que tener en cuenta y no es asunto menor, otro aspecto (también destacado en el programa) y es el cada vez más férreo control de las economías por parte de los bancos centrales que, paradójicamente en el entorno digital en el que vivimos con la libertad de mercado que ello entraña-, supervisa gastos e ingresos de los ciudadanos de una manera cada vez más impune ‘por nuestro bien’ financiero, con la connivencia y ayuda de los gobiernos.

Pero si nos circunscribimos a aspectos básicamente económicos debemos ir a la raíz del asunto: el índice de población. Habrá menos cotizantes en activo para más pensionistas. Menos dinero y más gente a la que pagar.

Cuando los sistemas de pensiones se crearon a mediados del pasado siglo la esperanza de vida era mucho menor y el índice de natalidad mucho más alto. El envejecimiento de la población es un hecho marcado no solo por la mayor esperanza de vida sino por el bajo índice de natalidad. El mundo desarrollado occidental abrazó desde la década de los 60 las políticas de control de la natalidad en aras a una libertad sexual por una parte y de liberación de la mujer por otra. Europa – y España, más tarde- celebró el estado del bienestar sin pensar en las consecuencias que un aspecto tan importante como es el de no tener hijos podría marcar el futuro. De hecho, y egoístamente, se ha depositado en los inmigrantes esa coyuntura con cierta condescendencia – y soberbia- aunque para ellos también llegaron las sucesivas crisis que nos han golpeado. Inmigrantes que han aportado, por cierto, más a la Seguridad Social de lo que han recibido  según un reciente informe del sindicato UGT.

Cuando ha habido voces que han avisado del peligro que supone poner cortapisas a la natalidad se les ha silenciado sistemáticamente, o depreciado en muchos casos, en aras de una posmodernidad y un estado que vendía el bienestar sin reparar en el bien ser, esto es, en lo que de bueno tiene para las personas no solo crear una familia, sino ampliarla. Se llama sociedad, en su más primero estadio.

El posible colapso del sistema de pensiones, si nadie lo remedia a partir de 2050 cuando muchos de la generación del ‘baby boom’ comiencen a jubilarse, no será solo el colapso de un sistema financiero sino el de una sociedad que abrazó una promesa de futuro olvidándose de lo único que hace posible ese futuro: la vida misma.