La violencia sesgada


Lamentablemente los políticos prefieren en su mayoría el discurso sesgado que la reflexión mayor que necesita el ejercicio de la violencia en el ámbito familiar

Los cordobeses contemporáneos guardan en su memoria colectiva, con dolor, tres sucesos de esos  que marcan a varias generaciones: el atentado terrorista de ETA en Carlos III, que le costó la vida al sargento Ayllón; el asesinato de las policías locales Mari Ángeles y Marisol a cargo de unos atracadores italianos unos meses más tarde (el año 1996 se convertía así en uno de los más negros de la historia local) y la muerte de Ruth y José  a manos de su padre, José Bretón, capítulo particularmente doloroso por cuanto además el asunto se prolongó en el tiempo, desde octubre de 2011 hasta el juicio en 2013, con gran atención mediática nacional e internacional. La figura de Bretón se nos ha venido a la cabeza casi de manera inevitable con el caso de las niñas canarias y se han removido recuerdos desagradables por todo lo que esto supone.

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El asunto de las niñas tinerfeñas está sirviendo, no obstante, para desviar de manera interesada la atención hacia el problema de la violencia. Una violencia sin apellidos ni características peculiares. Una violencia execrable y que por supuesto hay que condenar. Ocurre que una vez más se le pone apellidos (‘De género’ o ‘Machista’) y la gran mayoría participa del sesgo que esto supone.

A los pocos minutos del conocimiento del hallazgo del cuerpo de la pequeña Olivia, el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno (PP) ya anunciaba por Twitter su compromiso de “acabar con la violencia machista”. Era solo una muestra del reguero de declaraciones públicas de otros cargos políticos en el mismo sentido y de las manifestaciones “espontáneas” convocadas por plataformas feministas para condenar el asesinato. Unos días antes, el 31 de mayo, en Sant Joan Despí (Barcelona) una madre -mujer- acababa con la vida de su hija Yaiza de 4 años. El móvil, confesado por la autora, es el de hacer daño a la expareja, lo mismo que en Tenerife. Yaiza ha pasado desapercibida para los políticos, los cargos públicos, las plataformas feministas, la mayoría de los medios de comunicación y la opinión pública. Su caso ha sido premeditadamente silenciado. Una niña tan cruelmente asesinada como las tinerfeñas.

Como los abusos sexuales también son violencia, en esta comparativa de sesgos podemos incluir los casos de prostitución de jóvenes en Mallorca, tuteladas por el Instituto Mallorquín de Asuntos Sociales, que tanto el Partido Socialista balear como Podemos, ambos en el gobierno autónomo, se han negado a investigar en reiteradas ocasiones. La violencia contra las mujeres, por tanto, se denuncia según y cómo.

 La ONG Save the Children, publicó el pasado año que en 2019 hubo 24 niños -casos confirmados- que fueron víctimas mortales de violencia en España. De esos 24 casos, 9 fueron niñas y 15 niños ( y este no es un apunte ‘de género’, claro, sino un dato comprobado). La mayoría de las muertes fueron a manos de las madres (8 mujeres que mataron a 10 menores) y los padres (6 hombres a 7 menores), aunque también intervienen hermanos y otros menores como autores de las muertes. No vamos a detenernos en el número, pero obsérvese que son más las mujeres que hombres las que cometen filicidio durante 2019.

En un programa televisivo de 2018, durante una tertulia, el presidente de la Asociación de Criminólogos de España, Carlos Cuadrado, daba un dato estremecedor: durante ese año más mujeres había matado a sus hijos que hombres a sus parejas o exparejas. La cifra que daba Cuadrado -67- era errónea como se pudo comprobar más tarde (en realidad fueron 57) pero lo destacable de esto es que Cuadrado, en esa tertulia, no pudo seguir hablando: el resto de contertulios lo impidieron. Se lo comieron vivo, literalmente. Su pecado: dar cifras que desmontan un discurso sesgado.

Tratar el lamentable y triste suceso de Tenerife solo como ‘violencia machista’ es un grave error. Primero porque diluye injustamente la responsabilidad única e individual del asesino entre todos los hombres. Segundo porque silencia a otros niños víctimas también de la violencia y sobre todo porque impide abordar el problema de la violencia en toda su basta y compleja amplitud. Lamentablemente los políticos prefieren en su mayoría el discurso sesgado que la reflexión mayor que necesita el ejercicio de la violencia en el ámbito familiar, porque eso requiere además hacerse preguntas incómodas sobre cómo vivimos, a qué valores se ha renunciado y cómo el ‘bienestar’ a toda costa ha devorado al ‘bien ser’ primordial en esta sociedad líquida y secularizada.

Los medios de comunicación deberíamos de  hacer así mismo un ejercicio de autocrítica , porque el tratamiento informativo de estos sucesos también está ‘contaminado’ de ese sesgo. Es obligación buscar y aportar datos aunque estos contradigan la ‘realidad’ del discurso único. Hay que escuchar y exponer a todas las voces y en definitiva, buscar la verdad por muy incómoda que esta sea.

Y esto no supone alinearse con los preceptos ideológicos de ningún partido. De hecho ya están alineados con los preceptos mayoritarios y excluyentes de los partidos de izquierda. Porque puede parecer que hablar de violencia sin sesgos es darle la razón a VOX, único partido que defiende ese postulado, pero no es así. Lamentablemente también la formación de Abascal forma parte del ‘espectáculo’ mediático cuando ve que puede sacar rédito político del mismo: el tuit de Macarena Olona con el vídeo de las niñas pocos minutos después de la noticia demuestra no solo mal gusto, sino una tremenda falta de respeto contra lo que se dice defender y hacia el dolor inmenso de una madre destrozada que lo último que deseará será encontrarse a sus hijas en todas las redes sociales.

Y así, desde luego, no vamos a ninguna parte.