Una nueva oportunidad


Así hemos llegado a esta Semana Santa diferente pero que en realidad no ha perdido la esencia religiosa ni litúrgica que posee.

Si el confinamiento nos invitó a valorar lo que ya creíamos conseguido por derecho  propio y en muchos casos dado per se, esta Semana Santa que finaliza ha venido a recordarnos de nuevo que los hombres vivimos entre la incertidumbre y la fragilidad. No es fácil compaginar pandemia y una cotidianidad relativamente normal. De hecho, la situación sanitaria y la crisis que ha traído cruelmente este virus nos coloca de manera forzada en una nueva manera de vivir y relacionarnos. La Semana Santa de 2021 se presentaba como un reto para demostrar que sabemos adaptarnos a las circunstancias, que no hemos perdido el sentido de la prudencia y que desde luego la lista de prioridades habituales había cambiado para quizá rescatar otras que habían quedado rezagadas.

Más allá del tremendo inconveniente que supone no celebrar una Semana Santa con desfiles procesionales – con normalidad, realmente- y con la imposibilidad de viajar, -un problema económico por cuanto al turismo se refiere-, el carácter recogido y regulado de este año nos ha permitido, quizá, reencontrarnos con unas raíces, costumbres y hábitos mucho más sencillos de tiempos no tan lejanos. Ha sido encomiable, no obstante, el esfuerzo que hermandades y cofradías han realizado para que sus titulares tengan, de alguna manera, la presencia pública que merecen y que reciban el afecto y devoción que encuentran en las gentes. Si algo ha quedado claro es que había ganas de reencuentro y de expresión de fe. También de fiesta, porque tal es el sentido así mismo de estos días. La primavera se nos ha regalado un año más sin entender de distanciamientos ni mascarillas. Pero el contexto nos ha exigido un ejercicio de contención al que no estamos acostumbrados y desde luego no todos han estado dispuestos a practicarlo, sobre todo porque tras un largo año de pandemia existe una sensación de hartazgo y agotamiento entre la población. Así hemos llegado a esta Semana Santa diferente pero que en realidad no ha perdido la esencia religiosa ni litúrgica que posee.

Hoy, Domingo de Resurrección, debemos leer a Marcos (16:7) cuando narra lo que el ángel, a las puertas del sepulcro vacío, le dice a las mujeres: “ Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo”. Es importante el matiz que destaca el hecho de informar ‘a Pedro’, quien había negado tres veces al Señor, porque pone de manifiesto no solo el perdón hacia la debilidad humana del discípulo, sino el regalo de una nueva oportunidad para creer y vivir. En esta Semana Santa se nos ha dado la oportunidad de ser como Pedro, de retomar un concepto de la fe que quizá se había perdido años atrás, de recuperar la esencia básica y el sentido, si se es creyente, de esta semana, y si no se es religioso, de  poder parar de manera introspectiva para analizar lo que se desechó por costumbre en otro tiempo y que realmente aportaba valor a nuestra vida.

El ruido electoral, la política mundana, el desempleo y la propia crisis regresan a las portadas en unas horas. Ojalá hayamos aprovechado este peculiar paréntesis para afrontar todo ello con un espíritu renovado. Falta va a hacer, desde luego.

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