Tomemos nota (y algo más)


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El obispo de Córdoba recordó el pasado domingo en la homilía de la misa dominical desde Aguilar de la Frontera, retransmitida por Canal Sur, que “los cristianos no somos gente violenta pero tomamos nota”. Recordaba a continuación que, precisamente por ese hecho “vendrán unas elecciones y actuaremos en consecuencia”. Todo ello hay que contextualizarlo en el desagradable episodio ocurrido esta semana en la localidad aguilarense, con la retirada de una cruz que objetivamente y ateniéndonos a los argumentos esgrimidos – tanto ‘legales’ como municipales- solo molestaba a su alcaldesa de Izquierda Unida y entendemos que a parte de la corporación.

No vamos  a entrar de nuevo ni en esos argumentos  ni en toda la sucesión de reacciones políticas y ciudadanas que tal hecho ha provocado en estos días. Han quedado conveniente recogidas en este diario. De hecho, parte de las reacciones políticas y administrativas, con la Junta poniéndose de perfil en sus valoraciones técnicas sobre el entorno de la cruz, y las diferentes manifestaciones de representantes de VOX – el único partido que tomó cartas en el asunto desde un principio- han venido a añadir más ruido a un acontecimiento ya de por sí desagradable para mucha gente. Un suceso que acabó con la cruz en un vertedero para su posterior destrucción. Y eso es una afrenta. Un afrenta gravísima contra la libertad religiosa, contra los sentimientos religiosos protegidos legalmente y realizada desde una administración pública sostenida, no lo olvidemos, por contribuyentes de todo signo y condición y que se debe a todos sus ciudadanos, sean estos católicos, ateos, mahometanos o animistas.

La división de los españoles – no su unidad- es algo astutamente ejercido desde el gobierno socialista de Zapatero, que ya llegó al poder entre el dolor, la confusión y la maldad terrorista. Ese fue el inicio que de partida alumbró a dos gobiernos que legislaron para la división entre españoles y entre hombres y mujeres. Y que acabó en ruina económica. Lamentablemente esa división – la polarización que ahora tanto asusta a la elegante progresía- está cada vez más presente y ejecutada con eficacia también desde el Legislativo y Ejecutivo, con leyes como la educativa o la de la eutanasia recientemente aprobadas gracias a socios y compañeros de viaje que también se caracterizan por el terror, el separatismo y el golpismo. Decirlo de otra manera quedaría más elegante pero no menos cierto.

Solo las voces discrepantes y disidentes, muchas de ellas calladas en su momento por la crisis económica última – sobrevivir también es un derecho- o en vías de ser silenciadas por el cartel mediático- digital en el que estamos inmersos y esta pandemia no vírica que supone el denominado ‘pensamiento único’, son las voces que advierten del peligro de que en este caso los cristianos cedan espacios, derechos, presencia y valor. Mucho se habla de la secularización y de los efectos que está produciendo o de la progresiva islamización de Europa, en un incomprensible ejercicio de renuncia a sus valores ilustrados y su origen y cimientos occidentales y cristianos. Mucho se reflexiona sobre este asunto pero casi nadie hace nada. Solo se escuchan los lamentos cuando una cruz, otra más, aparece – y no por casualidad- en un vertedero.

Y ya va siendo hora, en efecto, de tomar nota. Y de hacer algo más, como aquellos que pelearon por una civilización y una cultura que ahora nos están demoliendo estos otros que cómodamente han hecho de la democracia un ejercicio de totalitarismo izquierdista permitido.