Cuando las hemerotecas lo resisten todo


España ha comenzado 2021 con una mayor presión fiscal y con un desorbitado recibo eléctrico que ha tenido una subida de un casi 20% en plena ola de frío y lo que es peor, con una crisis sanitaria, económica y social de la que aún no se conocen las peores consecuencias.

Entrar aquí en el asunto de la tarifa eléctrica puede suponer desviar el objeto de esta editorial, que pretende mirar hacia la incongruencia y la mentira que todo este tema ha puesto delante de la opinión pública y los votantes. Lo haremos más adelante, porque conviene recordar previamente cómo España decidió prescindir de la energía nuclear y convertirse en un país dependiente del gas y por tanto, comprador de una materia prima que no produce y de los mercados que la comercializan. También es importante detenerse en las energías renovables y ecológicas que ya están costando un elevado pico a los usuarios y contribuyentes pero que ni de lejos están suponiendo una alternativa real a los combustibles fósiles o a la energía nuclear. En la denominada ‘transición ecológica’ queda mucho por transitar aún. Y otro aspecto importante: medio recibo está liberalizado y el otro medio cargado con costes estatales. Los impuestos- muchos- se pagan a través de la factura eléctrica, con un 21% de IVA, o sea, el tipo general que tan injusto fue para la cultura pero no para los hogares españoles, parece ser. La carga impositiva que cada recibo conlleva es responsabilidad directa de los distintos gobiernos que hemos tenido y no solo del actual (compensaciones al carbón o las subvenciones a las renovables). La responsabilidad política es clara por cuanto cada gobierno ha colocado su impronta fiscal en el recibo eléctrico.

Volvemos al escenario actual con una subida que no se conocía desde 2013, si bien entonces supuso un incremento del 11%. Fue precisamente en ese año cuando un Pedro Sánchez que ni tan siquiera imaginaba que pudiera gobernar acusaba de ‘golpe del Gobierno a las familias’ esa subida. Un gobierno del PP, obviamente. Ejemplos similares han inundado esta semana las redes sociales, que ha ejercido de hemeroteca digital y han dejado retratados a Pablo Iglesias o Alberto Garzón, los justicieros antaño – en realidad hace muy poco- de los sufridos ciudadanos que cada primero de año padecían la subida neoliberal del recibo de la luz por culpa de Mariano Rajoy. Los mismos que ahora han guardado silencio ante una subida histórica que les ha estallado en plena ola de frío y pandemia vírica. ¿Estallado?

No está muy claro. Si algo se está comprobando en este último año es que el pueblo español, o gran parte de él, ejerce una paciencia condescendiente con quienes le mienten, engañan y manipulan – las mentiras e incongruencias de Sánchez dan para una tesis pero de verdad- y es capaz de devolver esa paciencia en las urnas o, de momento, en las encuestas. La misma condescendencia que no se tiene en asuntos mucho menores o con corrupciones ocurridas en otras aceras. El ruido ni tan siquiera es el mismo: la colección de tuits y declaraciones de los anteriormente justicieros Sánchez e Iglesias daría para pedir dimisiones, pero no se ha hecho. Hay una hemeroteca que lo resiste todo.

Y un amplio número de españoles esquilmados tributariamente que, misteriosamente, lo permiten.

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