Discursos


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Como cada Nochebuena el discurso de Su Majestad el Rey suscita más o menos interés según marche el país. Una legión de analistas suelen desgranar cada frase y cada gesto o símbolo en busca de un titular e incluso de una afrenta si se hace la lectura desde el habitual prejuicio separatista. En este año ha merecido una análisis semiótico y algo pedante por parte de algunos comentaristas el ejemplar de la Constitución y la bandera de España que, por otra parte, están presentes en cada ocasión. Lo que comenzó siendo un tradicional mensaje a la nación por parte del Jefe del Estado se ha visto, con el paso de los años y el traspaso de competencias, en una réplica similar por parte de los distintos presidentes de comunidades autónomas y también hasta de alcaldes. En Andalucía hemos padecido a Chaves y a Susana Díaz con la habitual exégesis laica prenavideña de las modernizaciones andaluzas y los sonoros silencios ante los ERE.

Con los discursos que han proliferado desde la institucionalidad ocurre como con las opiniones en las redes sociales: solo interesan al que lo emite. En realidad poco o nada tiene que aportar un presidente de comunidad o un alcalde o alcaldesa – y a este paso hasta un presidente de comunidad de vecinos- más allá de responder con hechos, y no palabras, a su gestión. Ciertamente nadie es tan importante como para suscitar el interés ciudadano de lo que tenga que decir. De hecho, el discurso real entra más en la categoría de tradición que de reflexión, aunque se pretenda calentar el ambiente por parte de un Pablo Iglesias que también emite su discurso, claro. Las intervenciones reales que  están en el recuerdo colectivo de los españoles no son precisamente discursos navideños, sino mensajes dirigidos a la nación en momentos clave y similares: ante el intento del golpe de Estado del 23 F, por parte de Juan Carlos I y frente al golpe de Estado separatista de aquel aciago octubre de 2017 a cargo de Felipe VI. Que es cuando un Rey debe hablar con claridad y contundencia.

De poco sirve que en esta ocasión Felipe VI recuerde el valor de la Constitución cuando a la Carta Magna se le hace una afrenta día sí y día también o él mismo debe acudir a Barcelona casi de incógnito a entregar un premio Cervantes. Solo es el aspecto formal de un discurso que en la realidad no encuentra acomodo cierto. De nada sirve el tostón republicano de Pablo Iglesias días antes a modo de reyezuelo de Galapagar -el galapagarato sí que no interesa ni a los suyos- cuando lo que en verdad preocupa a la ciudadanía es cómo y cuando se va a salir de esta crisis. Si con vida o no. Con empleo o sin él. Con futuro y esperanza o con un horizonte aciago.

Los discursos de esta época del año poco aportan al contribuyente o súbdito. Y menos cuando, a pesar de la vacuna que hoy comienza a administrarse, todavía la incertidumbre que provoca la pandemia es más cierta que las líneas de unos textos que ni tan siquiera son escritos por quienes los ofrecen ante las cámaras.