El lenguaje importa


La pasada semana, aquí mismo, aplaudimos la decisión de la Junta de Andalucía de no utilizar el término ‘allegado’ a la hora de establecer las normas navideñas para frenar los contagios por coronavirus, por la ambigüedad que ello suponía. Una ambigüedad , otra más, de las que encontramos habitualmente en los discursos de Fernando Simón o el propio ministro de Sanidad. Esta semana, a pocas horas de publicar el BOJA con las medidas que el jueves anunció el presidente andaluz Juanma Moreno, desde la Junta se informa que “después de largas conversaciones, por la insistencia e imposición del Ministerio se verá que aparece recogido finalmente el término allegado. La Junta de Andalucía considera que es un término ambiguo y, por ello, se había previsto y propuesto recoger familia de derecho y familia de hecho para dar cabida a todas las interpretaciones posibles evitando la ambigüedad. Pero el Ministerio, como os digo, nos impone finalmente el término allegados

En la década de los 60, el teólogo luterano y sociólogo Peter Berger y Thomas Luckmann, también sociólogo, publicaron La construcción social de la realidad, considerada una de las obras fundamentales del construccionismo, una perspectiva interpretativa de la realidad que otorga al lenguaje un papel primordial. Básicamente, el construccionismo sostiene que el lenguaje construye el mundo y no sólo lo representa, más allá del proceso comunicativo. Dicho de otro modo, se considera que la gente no responde simplemente a mensajes, sino que produce significados de manera activa y con esos significados construyen, de manera inconsciente, versiones sobre el mundo social en el que viven.

El lenguaje importa y mucho, independientemente de que la perspectiva construccionista goce  aún de vigencia o no. Eliminar la palabra ‘familia’ por ‘allegado’ no es algo baladí, como no lo es el pesado, horroroso y absurdo ‘lenguaje inclusivo’ de los compañeros y las compañeras, los políticos y las políticas.

La familia, pilar fundamental de la sociedad humana, es uno de los principales escollos que los ingenieros sociales, fundamentalmente desde la izquierda, encuentran a la hora de establecer esta nueva sociedad a la que ya le conocemos varias de sus caras y que ponen interesadamente al hombre como centro del mundo pero no para su crecimiento sino para su manipulación. Un hombre que relativiza la vida (eutanasia y aborto), que reza a lo mundano (consumismo) que no cree en el amor salvo en la fugacidad placentera del mismo (divorcio, pornografía) y que no encuentra refugio en el seno de la familia porque esta está compuesta por ‘allegados’, que puede ser desde una amante hasta un primo lejano.

Y lo que demuestra que no se da puntada sin hilo es la imposición- de las muchas que nos quedan por ver- de tal término y desde el Estado a una comunidad autónoma que en su propósito primero solo ha deseado informar con claridad a los ciudadanos. No están exentos de responsabilidad, en cualquier caso, ni unos ni otros, que tratan de poner la guinda con los atributos “de hecho” y “de derecho” a algo tan claro, amplio y sencillo como es una familia, sea esta ‘tradicional’ o de nuevo cuño.

Así están las cosas. La agenda sigue su curso y posiblemente, como Berger y Luckmann teorizaron, estamos contribuyendo a construir un mundo nuevo de manera inconsciente en el que, finalmente, la familia sea una ristra de funcionarios ‘allegados’ que nos dirán cómo tenemos que vivir. Y morir, por supuesto.

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