Otra vuelta de tuerca


socialcomunista Lomloe
Isabel Celaá./Foto: EP

Cuando España, como gran parte del mundo, está sumida en una crisis sanitaria y económica de primer orden, el Gobierno socialcomunista de Sánchez e Iglesias ha decidido mirar hacia el futuro pero no de cara a una salida y recuperación de esta crisis, sino para perpetuar su mandato en una sociedad, la española, que se amolde a sus intereses y hoja de ruta. Porque todo lo que hemos presenciado desde la llegada de este gobierno y con la pandemia como acelerador, ha sido la aplicación de una hoja de ruta que consiga lo que, por otra parte, tanto socialistas como comunistas llevan intentando  obtener desde hace cerca de un siglo: una España a su manera, que no supone, ni de lejos, la democracia otorgada durante la Transición, la monarquía parlamentaria como faro y representación del Estado y la Constitución como carta legal, común y garantizadora del deseo mayoritario del pueblo español de que es de esta manera, con sus defectos y virtudes, como desea vivir y ser administrado.

En esa hoja de ruta han estado la mayoría de las reformas educativas que bajo los gobiernos socialistas han sido, marcadas en su apariencia por los marchamos de igualdad, progreso y garantías, pero que en su verdadero espíritu han demostrado una ineficaz manía de instaurar procesos pedagógicos que han perjudicado el conocimiento curricular y cultural de varias generaciones, que no han sido solución para muchos de los problemas – tradicionales o circunstanciales-  del cuerpo docente y que han dejado la calidad de la enseñanza y la educación a los niveles que los sucesivos informes PISA han ido constatando a lo largo de los últimos años. Y no solo dichos informes: cualquiera que supere los 50 años de edad puede comprobar cual es el nivel general de nuestros jóvenes y cómo han sido víctimas en estos años de manipulaciones formativas que, según la comunidad en la que estudiaran,  les han hurtado el conocimiento de la Historia común, por ejemplo,  o el propio idioma español con el que aprender y comunicarse.

La última reforma ,o ley, impulsada por la ministra Celáa y amparada por el minoritario espectro parlamentario en el que se apoya el gobierno socialcomunista no es sino otra vuelta de tuerca más en un proceso que comenzó en 1985 con la LODE y que culmina, en plena crisis social, con un planteamiento totalitario, por cuanto refuerza la ‘educación pública’ – o sea, la estatal-, arrincona a la escuela concertada y privada y ataca al derecho constitucional de la libertad de enseñanza y educación, un derecho que se depositó en los padres, ciudadanos españoles que así lo decidieron en 1977 para los españoles también de ahora.

Más allá de detenernos en los aspectos que distintas asociaciones, docentes y profesionales han denunciado como agravios de esta LOMLOE, porque para ello habrá ocasiones, sí que deberíamos poner el acento en lo que la oposición gritaba desde sus escaños el pasado jueves en el Congreso: la libertad. No solo la que nos otorga elegir qué tipo de educación queremos para nuestros hijos, sino la que permite enfrentarse a los ataques de aquellos que decidieron durante los años 80 del pasado siglo, convertir a España en un país que ‘no reconocería ni la madre que lo parió’, como sostuvo el entonces vicepresidente socialista del Gobierno Alfonso Guerra. El mismo que ahora se escandaliza del maltrato a la lengua común que sus herederos ideológicos y de partido han regulado.

Puede que esta nueva ley dure lo que dure este nefasto gobierno. Lo que ocurre es que es una ley pensada – otra más- para que el gobierno se perpetúe. Y sin generaciones de españoles, ni presente ni venideras, que puedan enfrentarse a tal problema, porque han sido convenientemente adoctrinados por las sucesivas reformas educativas que les han privado de criterio, de conocimientos y de ser ciudadanos formados en democracia, con una libertad que no se enseña en los libros de texto, sino que hay que fomentar y conquistar cada día.

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