Los enemigos


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Pedro Sánchez./Foto: LVC
España
Banderas de España./Foto: LVC

El pasado Día de la Hispanidad volvió a dejar una sucesión de imágenes que no invitan al optimismo precisamente. Porque a este 12 de octubre se llegaba con la sensación de que no se tiene muy claro qué celebrar o cuando menos, cómo hacerlo. Una fecha tan señalada como esa posee más orfandad litúrgica que un triunfo de Nadal o de la selección española de fútbol, cuando los españoles recuperan un espíritu común y, aunque sea de manera espontánea, enarbolan una bandera y se sienten orgullosos de su país.

En los años de democracia que ya tenemos, es cierto que aun se adolece de un espíritu unificador y trascendente, superior a regionalismos, identidades y sentimientos locales. Quizá porque precisamente en la democracia y por un equivocado, y en muchas ocasiones cobarde, sentido de ‘Estado de nacionalidades’ se ha fomentado más la división que el compromiso común y justo de nosotros,  los administrados.

Vivimos en la tormenta perfecta para que los que encuentran en la división su particular y espúreo interés y triunfo vean cómo consiguen sus objetivos. En realidad nunca se han ocultado. Un ejemplo de ello, aunque parezca netamente formal y pequeño, ha sido la crítica que esta semana hacía el grupo municipal de Podemos en el Ayuntamiento cordobés a la nominación de la Plaza de España propuesta por Ciudadanos, a la que tildó de ‘nacionalismo rancio de pulsera y trapo’ o la afrenta que algunos han visto al éxito que ha supuesto la corrida en el coso de Los Califas con un aforo mayor permitido para el de los partidos de fútbol. Las normas son distintas para uno y otro en cualquier caso.

Son meras anécdotas comparadas con el sin vivir catalán, los filoterroristas en el Congreso o el asalto al Poder Judicial. Todo ello auspiciado, permitido y fomentado por un Gobierno que muestra un día sí y otro también no ya su escaso amor a su país, sino al propio sistema  democrático y su monarquia parlamentaria que, por cierto, les ampara y paga generosa y puntualmente a fin de mes.

Los partidos constitucionalistas y los españoles que sí creen en un país y en su nación, en definitiva, muestran una tremenda debilidad frente a estos oportunistas que siempre han estado y que no ocultan su hoja de ruta ni sus fobias, fobias mucho más trasnochadas que el nacionalismo del que dicen abominar. Y  muestran esa debilidad en la división, también fomentada por intereses partidistas, tacticismo electoral o simplemente por un sentido crítico anestesiado desde el monopolio comunicativo.

España es una nación  llena de siglos y de grandeza. También de miserias, pero con una generosidad y un espíritu de superación que siempre han estado presentes en los momentos más críticos de su historia que es la nuestra, la que hemos heredado para bien y para mal. No permitamos  a sus enemigos destrozar lo que tantas vidas y tanta buena gente han conseguido lograr que no es otra cosa que construir día a día el futuro de este gran país.

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