El pacto.

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Francisco Ruiz Palma
Francisco Ruiz Palma.

Creo recordar que bajo ese título transitan por las filmotecas algunas películas de intriga, de espionaje, e incluso de terror, relacionadas estas últimas con el consabido acuerdo con el de abajo, estafador consumado de los ilusos.

Y es que algunos pactos cuestan el alma. En unos casos de manera casi inconsciente, sencillamente porque te dejas seducir por lo que apenas cuesta esfuerzo, reporta un goce momentáneo de cualquiera de los sentidos, y acaba provocando la búsqueda continua de lo placentero a costa de cuanto sea necesario.

Pero en otros casos, ese pacto es un auténtico acuerdo de sangre, una búsqueda de la gloria que, por razones que se nos escapan a algunos, lleva a quien la pretende a la entrega del alma como  moneda de cambio.

Reconozco que entrar a valorar el pacto suscrito por el presidente y el vicepresidente con los proetarras me produce, más que angustia, desazón y tristeza; más que indignación, una sensación de vacío, de desolación y decadencia, que me hace caer en picado, convencido de que debo abandonar la esperanza y como la canción, buscar otra luna.

Pero, como el soldado maltrecho, capaz aún de dar un paso, y fiel a su bandera, me niego a pensar en la derrota.

No es un signo de valentía, no. A estas alturas de mi vida, el valor y la lucha, a salvo de la pluma, es un honor que pertenece a otros. Poco puedo hacer salvo reiterar mi compromiso para con mi comunidad y mi ciudad, colaborar en la medida de mis posibilidades en todo aquello que busque concordia, compromiso y responsabilidad para el futuro, y poner mis talentos al servicio de valores como el trabajo y el esfuerzo, la sonrisa y la esperanza.

Pero seamos conscientes de lo que tenemos frente a nosotros. Pues lejos de ser un enemigo que enfrenta la lucha con dignidad, haciendo fe de sus principios y sus actos, es un escuadrón suicida, ajeno al sentir de los españoles, salvo al de los agradecidos, y dispuesto a todo con tal de no sé bien qué propósito.

Hoy nos levantamos con un acuerdo del que ni siquiera la mitad de los ministros del reino fueron consultados. Un pacto miserable. Una negociación por la que, a costa del trabajo de millones de españoles, se nos condena a seguir el camino que nos llevará inexorablemente a convertirnos en la expresión europea de ese movimiento de sátrapas y ladrones, de sinvergüenzas y delincuentes de guantes manchados de sangre, que bajo el amparo épico de la revolución bolivariana, extienden sus tentáculos con la sola finalidad de alcanzar y mantener el poder.

Los proetarras han jugado una vez más sus cartas del odio a España y de la indolencia que les es propia, pues dadas las altas cifras de empleo en el País Vasco, la derogación íntegra de la reforma laboral sólo puede llevarnos a más desempleo en el resto de España. El caos y la indignación surgidos en el ámbito nacional, dentro del propio PSOE, tras ver la exhibición del papel firmado y la reclamación del cumplimiento a lo pactado, sólo puede entenderse desde la crítica a la más absoluta inmoralidad.

Lo de Rafael Simancas culpando al PP de la necesidad que tuvo el presidente (que no el gobierno) de buscar apoyos con la única finalidad de salvar vidas a costa de un acuerdo con los allegados de los asesinos es, aparte de mentira, de una indignidad tan solo predicable del servil lacayo que vocifera las razones de su amo.

Y Sánchez Castejón, mientras tanto, se ha dejado arrastrar por su peor pesadilla, aquella de la que diríamos que con gusto no pica, pero sarna a fin de cuentas, la de un personaje tan dañino como peligroso, que por un vudú aún incomprensible para quien escribe, ha logrado que la conciencia del presidente vague por esa incertidumbre en la que él, ángel del caído, conseguirá sus objetivos y no dudará lo más mínimo, llegado su momento, en fagocitar su cabeza.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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