Un buen día.

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Francisco Ruiz Palma
Francisco Ruiz Palma.

No hay nada como estar en racha, y si no, observen ustedes.

Esta mañana de domingo he conseguido ponerme un par de calcetines emparejados. Como ya he dado por imposible la labor de igualarlos en cocina, juego, a modo de oráculo, a ver todas las mañanas por dónde sale el par, y así vaticino la suerte ( la buena, nunca la mala) el día que coinciden en ambos pies.

Al bajar, mi hijo menor me ha devuelto los buenos días, al cabo de los diez minutos y previa petición, pero lo ha hecho, lo que comienza a esperanzarme en el buen resultado de la desescalada. Ya sólo queda que me dé un beso, pero para ello creo que hay que esperar unas cuatro semanas aún, y contando que no haya rebrote, ni rebote.

Mis hijos mayores han ayudado a su madre con las flores, subir y bajar macetas y macetones, transplantar tierra, sembrar, y limpiar la azotea. Tal vez haya tenido algo que ver que hoy es su cumpleaños, pero a fin de cuentas lo han hecho y de buena gana.

Preparando la comida he encontrado las tijeras de cocina al primer vistazo, siempre en su sitio, como sentencia mi esposa; pero curiosamente hoy no habían salido de picnic hacia esa cuarta dimensión donde suelen estar a menudo.

El arroz, con permiso del Sr. Martínez, D. Antonio, me ha salido fantástico, y durante la comida hemos gozado de un magnífico ambiente.

Y no, a lo largo de la tarde nada lo ha ensombrecido, salvo algunas nubes pasajeras que, ya despidiéndose, anuncian de nuevo el sol y el calor que tanto ansiamos los que tenemos depositada nuestra confianza en la insolación cordobesa del bichito.

Es más, pues continuando con el buen día, me ha llamado el productor de Vittula, anunciándome que me ha mandado trescientos ejemplares del cd que acaba de salir de nuestro primer trabajo, “November rains”, para llevarlos a la tienda de  Discos Vitalogy, en Alfonso XIII, donde podrán adquirirlo ( así lo espero) a partir de mediados de la próxima semana. Entusiasmado, he cogido un rato la guitarra eléctrica, y ni me he enredado con el cable, ni se me ha roto ninguna cuerda, y además me ha salido un ritmo guapísimo, deseando ver a nuestra vocalista, Mc’ Fálder, para ponérselo y buscar letra y melodía, que ya estamos trabajando en nuestro segundo disco.

Para colmo de gracias, mi esposa ha preparado una leche frita para chuparse los dedos, y sobre un trozo ha colocado una vela para cantar el cumpleaños feliz. Imagino que habrá pedido muchos deseos, pero conociéndola dudo que para ella, pues es difícil tener un corazón y una generosidad tan grande para los demás.

Muchas veces dudo qué puñetas vio en mí aquella chica granadina encantadora que conocí en segundo de carrera, y que sigue a mi lado a pesar de mis excentricidades y algún que otro arrebato más propio de la malafollá de su tierra que de la nuestra. Pero es lo que tiene estar en racha, que ya se sabe que el amor es ciego, y el tuerto, a nada que sea algo espabilado, se convierte en el rey.

Amo a mi esposa con locura. Es algo de lo que presumo, sin hacer excesivos alardes, pues sé de su recato, pero sin que por ello deba convertirlo en una especie de secreto oculto bajo apariencias convencionales.Y pienso que en estos tiempos que nos ha tocado vivir, no podría estar más agradecido a Dios que teniéndola a mi lado.

No quiero extenderme en exceso, que incluso estas líneas de felicitación y agradecimiento me costarán mañana una reprimenda. Pero no puedo por menos que reconocer lo feliz que me siento, la seguridad que encuentro cuando consigue empequeñecer mis defectos o calmar mi ansiedad con apenas una mirada, y sobre todo, la alegría que me hace sentir cuando consigo de ella una sonrisa.

Siguiendo a Serrat, que se ve que está siendo para éste que escribe fuente de inspiración en esta última semana,  

“La mujer que yo quiero, me ató a su yunta

Pero, por favor, no se lo digas nunca”.

Muchas felicidades, Natividad.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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