Hasta siempre, D. Julio.

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Francisco Ruiz Palma
Francisco Ruiz Palma.

Querido diario, mi amigo Braulio Valderas fue el primero en enviarme la triste noticia de la muerte de Julio, D. Julio Anguita.

“Se me va un amigo, un referente…parte de lo que soy…destrozado”-

Tras darle el pésame, pues me consta de su admiración y amistad, me contestó con un lacónico “gracias”, que encerraba ese triste dolor que sólo sienten los allegados por la pérdida de alguien querido.

Desde estas páginas, querido Braulio, personificando en ti a tantos amigos de los que me consta su admiración por Anguita, te reitero mi pesar por su marcha.

Tendría yo unos diecisiete años cuando, tocando con los “Sombras” de Montalbán una feria en Santa Cruz, por entonces aldea de Montilla, tuvimos que prestar el equipo de sonido a un mitin del PCE que se celebraba en la caseta municipal ( la única que existía en la hoy barriada de Córdoba). Como yo era el novato del grupo, me hice cargo de los micrófonos para evitar acoples y otros sinsentidos que producían las etapas de potencia del equipo, en función, casi siempre, del grado de intensidad del orador de turno.

Recuerdo perfectamente aquella noche de julio, con ese olor en el ambiente tan exclusivo de la campiña cordobesa, a medio camino del tostado del cereal y el frescor seco de una brisa cautivadora y envolvente, magia que consigue que el amanecer te haga despertar, no sin cierto enojo, de un sueño de verano.

En el escenario comenzó a vociferar un personaje, cuyos argumentos, al chico que yo era por entonces, inquietaron hasta el punto de llegar a pensar que aquella guerra de la que hablaban mis abuelos había continuado durante cuarenta años sin que yo me hubiese enterado. Que las buenas personas que yo conocía eran en realidad avatares de un fascismo siniestro que seguía rigiendo un destino miserable para todos los españoles.

Reconozco que el micrófono solía acoplarse con ese pitido tan desagradable una y otra vez, pero mitad por miedo al principio, y por repulsa después, no hice mucho por arreglar el desaguisado sonoro.

No sin alguna que otra reprimenda por parte de los de la caseta y el cachondeo latente de mis compañeros, me apresuré a preparar el micrófono para el siguiente en intervenir en el mitin. Un señor con pinta de profesor de instituto, o al menos a mí me lo pareció por cursar por entonces mi estudios de tercero de bup, camino de cou, y tener un estereotipo más o menos claro del profesorado, subió lentamente al escenario. Tras dirigirme una sonrisa que confirmó mi intuición, aquel personaje empezó a hablar en un tono pausado, que rara vez elevó salvo cuando los murmullos evitaban su locución. Su discurso, sereno, pero igualmente denso, hizo que prestara la atención que tras la previa intervención de su compañero, había decidido obviar.

Por aquel entonces, una profesora que teníamos de filosofía en el instituto de Aguilar, Gloria Margarita Cebreros, había conseguido, como buena maestra, que los clásicos penetraran en mi cabeza como un torrente, y cada vez que tenía oportunidad devoraba a Platón, a Rousseau o a Voltaire, a Kant, o incluso a Nietzsche, con igual voracidad que escuchaba a Dylan o Pink Floyd.

El discurso de aquel Señor que estaba en el escenario me hizo recordar esa ágora griega que siempre imaginaba, donde los alumnos, aplicadamente callados, escuchaban al orador disertar sobre los secretos de la vida y del alma, de la realidad y la ficción, de las luces y las sombras, provocando en los oyentes una imperiosa necesidad de saber más, de cuestionarse lo evidente y de renegar de los filibusteros.

Aquel día, en la voz de Julio Anguita, empecé a entender la democracia más allá del derecho al voto.

No me atreví a saludarlo al teminar el mitin, quizás por el respeto que provocó en mí. No lo sé. Tal vez porque no compartía todos sus argumentos. Tampoco estoy seguro. Pero tengo clavada su sonrisa al bajar del escenario, pues seguramente, él antes que yo, se percató de que había removido algo en aquel oyente.

Desde entonces sé que, en esta vida, cuestionarse las cosas no es signo de debilidad, sino de madurez. Que lo que es necesario exigir en política es la honradez, sea quien sea la persona, y represente a las siglas que represente, pues el honesto está por encima de ellas.

Por eso, cuando comparo el dolor de los que verdaderamente sienten su pérdida, con aquellos otros que pretenden rentabilizarla políticamente, siento unas náuseas indescriptibles. Pobres diablos que no le llegan, ni le llegarán, a la altura del zapato.

Anguita se ha ido dejando en nosotros el recuerdo de los versos de Serrat, “..serena la mirada, firme la voz..”, vagabundeando en este mayo de Córdoba. 

Permita, D. Julio, que hoy le devuelva desde el más absoluto respeto la sonrisa de aquella noche de verano.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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