Ojo.


Francisco Ruiz Palma
Francisco Ruiz Palma.

Reconozco no tener ni idea de lo que es más conveniente en estos momentos.

Amigos sanitarios, de cuya buena fe no puedo dudar, me comentan que lo más adecuado, sobre todo teniendo en cuenta el buen tiempo que se avecina, es buscar la llamada “inmunidad colectiva o de grupo”, exponiéndonos al virus en su momento más débil, con lo que la población, a medio plazo, estaría más preparada para la próxima oleada. De hecho, el número de infectados y la escasa saturación hospitalaria hacen prever que el rebrote estaría controlado.

Sin embargo, y pese a no tener ni idea, insisto, me parece una opción, si no salvaje, sí muy darwiniana, que para algo estamos en el siglo XXI, donde es de esperar que la medicina y la biología encuentren más pronto que tarde un remedio en forma de vacuna, o al menos un medicamento que afronte los efectos de la enfermedad.

De todas formas, visto lo visto, me parece que lo vamos a pasar todos, y que lo del encierro sólo tiene por finalidad evitar el colapso de los servicios sanitarios por los contagios masivos.

En uno u otro caso, tampoco entiendo las medidas que se están adoptando; y lo que es más grave, las consecuencias en ambos supuestos.

El otro día veíamos a la policía cerrando un establecimiento en la zona del Tablero, aquí en Córdoba. El bar en cuestión se había convertido en un jolgorio mayúsculo donde las medidas de prudencia o de seguridad brillaban por su ausencia, a salvo la mascarilla quirúrgica que llevaba la camarera, de aquí para allá la pobre, sirviendo cañas.

¿Lógico? Pues no. No lo es. Por muy jóvenes que sean y más hormonas que desprendan no creo que la solución sea lanzarlos a la calle como si fueran las tropas aliadas en Normandía, cuyo sacrificio liberó a Europa del nazismo. Y la actitud del alcalde, ordenando cerrar el chiringuito, me parece del todo adecuada, siempre y cuando conceda una nueva oportunidad para que pueda volver a  abrir y demostrar que la lección ha sido aprendida, y no se convierta en cabeza de turco de una nueva cruzada, que ya tenemos bastante.

Que son jóvenes y arriesgados nos consta a todos, más a los padres que tenemos hijos de esa edad. Pero precisamente por eso hay que concienciarles de que existen multitud de formas de divertirse que no pasan necesariamente por la fiesta sin un mínimo de control.

Tal vez los padres de los muchachos que desembarcaron en la playa de Omaha no tuvieron ocasión de evitarlo. Pero nosotros sí. Porque está en juego su salud y su futuro.

Tampoco se confundan con mis palabras. Estoy plenamente de acuerdo con aquellos que piensan que no podemos seguir encerrados, que los establecimientos han de abrir y la economía reactivarse. Y para ello es imprescindible abrir las puertas. Pero es que hay muchas maneras de hacer las cosas, y no creo que el ejemplo del otro día sea el más acertado.

Son tiempos difíciles. Y no es una cuestión de dos o tres meses, sino de años. Por tanto hay que partir de que abordamos, no una guerra, como machaconamente el presidente nos intenta inculcar en su sermón semanal, pues no se trata de una lucha entre personas, ni siquiera una carrera o competición entre países. No se trata de una desescalada, porque si así fuera los primeros que tendrían que bajarse del trapecio son los que, con sus actos, motivaron esta situación por imprudentes o insensatos. Y no se trata de buscar una “nueva normalidad”, porque bajo esa idea late la visión de un mundo anormal, tan solo conocido por quien lo promueve.

Se trata de volver a besarnos, a abrazarnos, a brindar con alegría, a trabajar con seguridad, a vivir con normalidad, con la de siempre, la que incluye a los amigos, a los padres y los abuelos, a los compañeros, a las peleas con los culés ( y los indios, que si no se enfadan conmigo) en torno a una caña, los ensayos y los conciertos, las charlas frente a frente con los vecinos, las misas de los domingos o los besos en los bancos de mi plaza.

Y para recuperar esas sensaciones, no para satisfacer al poder o ser serviles con sus dictados, hemos de reaccionar. Si actuamos de otro modo estaremos dando la razón a quienes buscan su nueva normalidad, pues incapaces de comportarnos como adultos, ofreceremos en bandeja una excusa perfecta al recorte de nuestras libertades, ansia constante del que pretende perpetuarse en el poder.

Y vosotros, los que andáis entre los dieciséis y los treinta, ojo, usad el sentido común que atesoráis, que hay miles de formas de divertirse sin pasar por el botellón. El riesgo no es hoy un amarillo y un lavado de estómago. El peligro se llama lavado de cerebro. 

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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