La tasa (y II).


Francisco Ruiz Palma
Francisco Ruiz Palma.

Aclarado que no se trata de una tasa, sino de un impuesto, el diario Expansión de hoy ( ayer para ustedes), concreta el alcance de la propuesta tan novedosa y revolucionaria en el sistema fiscal planteada por el vice: 

“…el nuevo gravamen que proponen a las grandes fortunas sustituiría al actual impuesto de patrimonio y no sería susceptible de bonificación por las comunidades autónomas que quisieran hacerlo. En concreto, su propuesta es que los patrimonios a partir del millón de euros contribuyan con un 2% del  mismo, a partir de los 10 millones con el 2,5%, a partir de 50 millones con el 3% y a partir de los 100 millones con el 3,5%”

Y estaba ya pensando un servidor en retractarme de lo dicho ayer sobre lo de que de su patrimonio o su sueldo no saldría, reflexionando sobre si me habría dejado llevar por algún arrebato u obcecación hacia el personaje, presto a pedir disculpas por ello, pues el chalet de Galapagar sin duda que supera ese mínimo de base impositiva, cuando un poco más abajo, continúa la noticia:

“…y que sólo se verían afectados los mil patrimonios más elevados de España, los de más de un millón de euros, una vez exenta la vivienda habitual hasta un valor de 400.000 euros”.

Acabáramos, como diría mi abuela. Al saco de los deseos rotos mi voluntad de rectificación.

La ministra Montero (la otra, la que habla de pena el castellano), según el titular, parece preferir reformar impuestos existentes en lugar de crear uno a la riqueza como pide Podemos, haciendo especial mención la noticia a la clara vocación del ejecutivo de coalición de desarrollar “ una fiscalidad justa, progresiva, en la que los que más tienen más aporten y todos recibamos en función de nuestras necesidades”.

Yo no salgo de mi asombro con esta gente. De modo que con la mayoría de los negocios cerrados, y quien no teletrabaja, metido en un expediente temporal que veremos a ver si no es definitivo; con Granada cerrada cuando tiene un porcentaje bastante menor de infectados que Vizcaya, ésta del PNV, aquélla de la oposición, con Madrid tomada por la incapacidad de “todos”; multando a diestro y siniestro a quien se salta el confinamiento, cuando no mandándolo a prisión, bajo la excusa más que discutible de la suspensión de un derecho constitucional vía un estado de alarma que parece más bien una partida de póker, joker incluido, y en medio de este escenario propio del esperpento Valleinclaniano, la gran idea de la izquierda, del oráculo sanchista o acoleta, que a estas alturas tanto monta, es… subir los impuestos. ¡Óle!, con la entonación en la “o”, que es muy cordobés.

A lo que se ve, el comité de expertos que se ha estado estrujando el cerebro a niveles de ciencia ficción, tras varios días sin salir de la estancia donde, a costa del dinero de ustedes, lectores de este diario, y del mío, han puesto sobre la mesa un elenco innumerable de situaciones, de escenarios geopolíticos y sociales, analizado escrupulosamente el alcance de las posibles medidas a adoptar, han llegado al “¡eureka!” más esperanzador posible, la subida de impuestos en un sistema tributario justo y progresivo.

No se han esforzado mucho, no, que ya se sabe que la izquierda nacional lo soluciona todo culpando a los ricos y a Rajoy. Y si no culpando, sancionando a ambos según el nivel de culpa que atesoren, que el dinero es de todos y eso de que algunos tengan más que otros no está bien visto desde su perspectiva. 

Aquí, el que ha sido capaz de generar una fortuna desde el esfuerzo y el trabajo, la dedicación o la suerte, que todo influye, es presunto responsable de que otros tengan necesidades. Y como eso no es justo, un sistema tributario que se caracterice por tales parámetros ha de buscar que los que más tienen aporten más para que todos recibamos en función de nuestras necesidades.

Ahora bien, ya va siendo hora de que nos preguntemos cuáles son tales necesidades. Pues no creo que estemos hablando de un sistema de salud para todos, educación pública y gratuita, o un sistema de prestaciones sociales que atienda el desempleo y la jubilación. No creo que hablemos de ello porque nunca ha faltado ni el sistema, ni la conciencia social de ayuda al necesitado en todos los ámbitos, que la seguridad social no es precisamente un invento de ahora, ni el español un ciudadano egoísta ni austero en sus emociones.

Las necesidades de los ciudadanos son otras, las que empiezan por su educación, y terminan con una igualdad seria y real de oportunidades con las que legítimamente soñar.

Las necesidades son las de exigencia a un gobierno, sea del color que sea, de velar por todos sus ciudadanos, alejándose de ese paternalismo miserable que desprecia al que triunfa, tachándolo de rico miserable expuesto como mínimo, y gracias, al sablazo impositivo.

Las necesidades son las de un mayor control del gasto, las de invertir en investigación y en desarrollo, las de eliminar de una vez por todas las subvenciones al fomento del chochopower y otras lindezas de igual y absurdo calibre, las de controlar las contrataciones, modernizar y no monopolizar la Justicia,  desarrollar leyes que favorezcan la iniciativa privada y su segunda oportunidad de ser precisa, crear en suma un clima de entendimiento y oportunidad, a la vez que de formación e igualdad de oportunidades.

Pero claro, para eso hay que trabajar.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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