Las tres “p”.


Francisco Ruiz Palma
Francisco Ruiz Palma.

Querido diario, antes de nada quiero comenzar estas líneas deseando una pronta recuperación a D. Julio Anguita. Hace tiempo que vengo reivindicando la presencia en esta obra dramática de actores como él, por tantas cosas que pueden aportar para el periodo que se avecina, desde su consejo a su experiencia, pasando por su labor serena y meditada, dialéctica en suma de los grandes personajes de la historia contemporánea de este país, entre los que sin duda se encuentra nuestro antiguo alcalde.

Y como cuando escribo este diario es domingo, mi primer recuerdo del día va para nuestro Sr. Martínez, D.Antonio, cuya cocina ya empiezo a echar de menos en este cautiverio malsano, no tanto porque me libera de los quehaceres culinarios del domingo (que también), sino porque el indudable talento de Paula y el suyo van más allá de su apetecible oferta gastronómica, y convierten el centro parroquial en las horas posteriores a los cultos del domingo en una especie de refugio de la tertulia y el compañerismo entre los parroquianos de la Trinidad y sus allegados, lugar de encuentro, de saludo y de sana conversación.

Y si hoy me hubiera encontrado con nuestro párroco en centro parroquial, le hubiese felicitado por su homilía en misa de doce, que he tenido la oportunidad de escuchar a través de la web de la parroquia, converso como soy ya, querida Pilar Fonseca, en las configuraciones informáticas al uso, o al menos en las básicas, como es la conexión en directo al culto.

Cualquiera de mis compañeros en derecho, saben del alcance que las tres “p” tienen para un letrado novato, pues definen la letra inicial de los tres clientes del abogado primerizo, los parientes, las putas y los pobres. Y no es que por tales condiciones desmerezcan más a los otros, pero ciertamente la experiencia, de la que no puedo dar relato por el secreto profesional al que me debo, así lo dicta y a fe que es bastante cierto.

Pero la homilía de hoy, desarrollada evidentemente en otro contexto y ajena a la ironía de la que empiezo a desprenderme, relacionaba las tres “p” como una serie de vicios o defectos que por desgracia abundan, y no poco, en la realidad actual, y de cuya presencia se nos advertía.

Poder, posesión y prestigio juegan así con el hombre como tentaciones malsanas demostrativas de su catadura moral, y respecto de las que pretendo reflexionar para ofrecer mi propia opinión, que si algo tiene el cristianismo es la defensa a ultranza de la libertad del individuo, aún más en el ámbito del pensamiento, donde las ideas meramente son palabras expuestas en común para el desarrollo de la comunidad y la consecución de objetivos en beneficio de todos.

Este bien común, tan trillado en los libros y en los discursos políticos, pero tan ausente en la realidad, es sin embargo un pilar esencial en el ámbito de las comunidades cristianas, donde todos, de forma voluntaria y ajenos a las órdenes de un poder político, intentamos, o al menos procuramos, ser conscientes del alcance de los actos por cuanto afectan a nuestros semejantes, disfrutando doblemente si con ellos lo que obtenemos es una sonrisa o un consuelo.

Pero el poder por el poder tan sólo revela la desgracia de quien así lo concibe, pues como un virus, se va adueñando  poco a poco de la mente, haciendo que los actos se conviertan en el desarrollo de un despotismo que justifica en el bien del pueblo lo que no es sino el malsano ejercicio de la autoridad. Mas aún, si el mismo deja de ser ilustrado, en el camino hacia la perdición de una dictadura cutre y encubierta, para solaz de quien la ejerce y desgracia de quienes la sufren.

La posesión o el afán de poseer es una lindeza que nos ha dejado este capitalismo salvaje que parece ir tocando a su fin, pues carece de límites, prueba evidente de que la felicidad no se encuentra en el deseo siempre insatisfecho a poseer todo lo que nos atrae, a modo de “culo veo…”, y aun cuando es legítimo el deseo de una vida mejor o de mayores comodidades, éstas no deben ir de la mano del engaño y la mentira, que recuerdo perfectamente a algún político hoy día en el poder, que ponía el grito en el cielo por el sueldo de los parlamentarios, sueldo que hoy él dobla, y la inmoralidad en su cobro frente los conciudadanos mileuristas que no llegaban, ni llegan, a fin de mes. Ese discurso solidario que sin duda avivó muchas conciencias y más votos, se ha convertido en un fake más, en otro bulo tan indecente como vergonzoso de esa perdición que acecha tras la mentira.

Y todo esto, ¿Para qué? ¿Para ser más considerado, acaparar más portadas de periódicos? ¿ Gozar de más prestigio por tener más poder? ¿ Ser como poco halagado y algún día alabado a la entrada del templo de los propios, uniforme impecable y brazo en posición de saludo marcial?

El prestigio bien entendido no se busca, y desde luego así no se encuentra más allá de lo efímero en la complacencia de los allegados y los lacayos. 

El prestigio es el resultado del camino que se recorre, de las sonrisas que se dejan atrás, de la ayuda y el consuelo que se dio, de los sacrificios que se hicieron por tu país, tu ciudad o tu comunidad, y sobre todo, de la verdad de las palabras y de los actos.

Pero claro, esos talentos no incendian.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael

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