El país que queremos

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Francisco Ruiz Palma
Francisco Ruiz Palma.

Yo no sé los padres de mi edad, que vuelo como el velero bergantín camino de los sesenta, pero mi esposa y yo estamos encantados con eso de tener a los hijos en casa lo más tarde a las once de la noche.

Y digo hijos y no niños, porque de los catorce a los veintidós transitan los nuestros, que dejaron de ser pequeños hace tiempo para convertirse, los mayores en dos mozalbetes fantásticos, y el zagal de catorce en un chico prometedor.

No tengo excesiva queja de ellos, pero reconozco, con el egoísmo propio de un padre, que cuando se cierra la puerta por las noches sabiendo que estamos todos en casa, descanso mucho mejor.

Cuando mi hijo mayor se fue a Granada a estudiar Arqueología comprendí, porque me vi reflejado, que ya había abandonado el nido. Y el camino de regreso a Córdoba, pese a la cercanía, se hizo interminable, lágrimas adentro para que no me vieran sus hermanos. Tal vez porque lloré aquella despedida, me costó menos la del siguiente, a pesar de que multiplica por veinte la distancia a la capital vecina, allá por tierras escocesas.

Es curioso que esta pandemia de las narices, en el fondo, sea un regalo para mi esposa y para mí, que compartimos ese amor inconmensurable por los nuestros.

Pero soy consciente, no ya de que los hijos no son de los padres, Sra. Celaá, sino de que ésto no puede seguir así. Y aun cuando este curso esté terminando, que no perdido, nuestros jóvenes tienen que volver a forjar su camino, con independencia y libertad, pero también con la seguridad que, no ya la familia, sino el Estado, debe proporcionar a sus ciudadanos.

Leo que el ejército español difunde una nota entre los suyos ( y no es un bulo, que ya saben ustedes que leo El País todos los días), advirtiendo que esta situación no mejorará hasta el dos mil veintidós, que se espera una nueva ola, y seria, para finales de este otoño, y otra más benigna para la primavera del próximo año.

Y no entiendo por qué el gobierno nos sigue infantilizando de esta manera.

No dudo que las personas son más proclives a escuchar las buenas noticias a un crudo relato de la realidad, y que nos complace más leer que los judíos han descubierto ya la vacuna, que ser conscientes de que llegaremos a más de cincuenta mil muertos en nuestro país.

Pero lo que en realidad debería alarmarnos es que los gobiernos conocían la existencia de este virus, que ya transitaba entre nosotros desde el pasado año, y pese a ello, ni se adoptaron medidas, ni nos proveímos de lo necesario para evitar las muertes en los pasillos, o al menos para que las fuerzas de primera línea de combate, los sanitarios, tuvieran la protección adecuada en las trincheras. Es más, destituyeron de un plumazo al responsable de la policía que advirtió meses antes de la pandemia y propuso la compra de material adecuado.

Y es que, además, si ese material se tratase de un sofisticado armamento tan sólo fabricado por cuatro empresas especializadas en todo el orbe, uno entendería los problemas de logística creados. Pero es que hablamos de mascarillas, guantes, gel desinfectante, respiradores y equipos médicos de protección.

Pues no. Por mucho que nos vendan su dedicación, por mucha rueda de prensa con que nos torturen, son ustedes unos inútiles. No les reprocho otra cosa, de manera que no me confundan con otros, pues soy consciente de que esta situación ni la buscaron ni era su intención. Pero visto lo visto, por sus actos previos, coetáneos y posteriores, su gestión fue y está siendo lamentable.

Y eso que el gobierno ha copado cotas de poder hasta ahora desconocidas en democracia, y pese a ello ha perdido más tiempo teniendo que negociar a posteriori con las autonomías, que el que hubiera ganado de consultar previamente, que a todos nos aprieta el cinturón por encima de las ideologías. Pero hasta para eso son ustedes, o ignorantes, o cómplices de una extrema izquierda que no ve más allá en esta pandemia que perpetuarse en el poder, en las instituciones, con la única finalidad de transformar la suciedad (…este corrector), la sociedad, al antojo de sus propias mascarillas de intransigencia.

No creo que sea esta la España que queremos para nuestros hijos, donde la única seguridad que prevalecerá es la del subsidio, sino un país plural, un Estado social y democrático de derecho, como reza nuestra Constitución, que asegure la igualdad de oportunidades a sus jóvenes, donde el diálogo prime en las decisiones y sirva de ejemplo para todos, que invierta en lo excelente, no en lo cutre, que premie el esfuerzo, y que garantice la salud física….y mental a todos sus ciudadanos.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

 

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