Caminante


Francisco Ruiz Palma
Francisco Ruiz Palma.

Hace unos días cumplió años mi padre.

Bien parecido, alto y enjuto, Eulogio sigue siendo un tipo presumido. Y lo digo, no buscando una excusa que manifiestamente me acuse por el desconocimiento de su edad, sino precisamente justificando dicho lapsus por su continuo esfuerzo en engañarnos al respecto, que cualquiera diría que aún ronda los setenta, circunstancia ésta que aún aprovecha cuando de halagar a una dama se trata.

Ni que decir tiene que mi madre cambia de semblante en tales lides. Pero en la intimidad sigue sonriendo, porque en el fondo sabe que no es sino una manera de reivindicar su disposición a la galantería con ella, enamorado como lo sigue estando y nos consta, si no como el primer día, aún más por el paso de los años, los hijos, los nietos, las noches de los sábados a solas y sin excusas, y hasta los hospitales, con esa complicidad que atesoran quienes han sabido sobreponerse a tantas cosas, conscientes de que Dios los unió como uno solo.

Para los de mi generación, un padre empieza siendo una autoridad bondadosa, pero autoridad a fin de cuentas, imposible de despertar en una siesta, recto en la enseñanza, exigente en nuestro comportamiento en sociedad, y comprensivo en nuestras caídas, a quien, tras el paso de la rebelde adolescencia, empezamos a admirar a partir de la primera copa de vino que compartimos en tertulia, y santificamos cuando nos convertimos en padres, dudando del por qué nos han aguantado tanto.

Goza el caballero de una mente privilegiada, lo que sin duda corresponde a los setenta de que presume, y a salvo un mínimo problema auditivo cuya trascendencia no va más allá del telediario durante el almuerzo, es todo un lujo mantener una conversación con él, pues te traslada a un escenario, donde a pesar de los pareceres distintos, el diálogo y el respeto presiden desde la primera hasta la última copa de albariño.

Precisamente esa deferencia en la consideración al contrario, tan británica en el fondo, sea una de las mejores enseñanzas recibidas en casa.

Militar universitario, jurista y peregrino, caminante no hay camino sino el que se hace al andar.

Y así como las órdenes religiosas cuidaban a los que, con más o menos fe, buscaban mostrar su respeto al Apóstol, así este caballero, licenciado en derecho por la Universidad Santiago de Compostela, sigue cumpliendo con creces esa labor de guarda de sus vástagos y allegadas, que por eso de haber tenido sólo varones, goza de algunas nueras, entre ellas mi esposa, que lo admiran y a quienes consigue sonrojar sin mucho esfuerzo con alguna que otra lindeza encantadora.

En Aguilar de la Frontera, su casa, nuestra casa.

En Santaella, sus recuerdos, su familia y su sobrino Francisco, tertius genus de tal parentesco y del hermano pequeño que nunca tuvo por ser él el menor de ocho, y con quien tanto y tanto compartimos.

En Lucena, el legado profesional que dejó, y su Virgen de Araceli.

En Sevilla, su Semana Santa, Cristo de los estudiantes, elegante madrugá.

En Santiago de Compostela, su juventud y sus correrías, destino constante de su recuerdo al Apóstol y al que acude con la frecuencia que puede.

Asturias y Cantabria, sus escapadas favoritas.

Y Córdoba, como el poeta, aun sabiendo los caminos….

En fin, padre. Feliz cumpleaños de parte de todos, pues aunque sea yo el que escriba, ten por seguro que los y las demás comparten estas líneas, deseosos cuando esta situación se relaje de brindar con mamá y contigo por tu aniversario, sea el que sea, y planear vuestra próxima escapada.

Te quiero.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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