Gracias


Querido diario, llevo días queriendo escribir unas líneas para sumarme a todo un movimiento casi viral, de agradecimiento a nuestros sacerdotes por su labor durante esta crisis médica y social.

Son tantos los vídeos que he visionado de familias y familias, todos, padres, madres, hijos y abuelos en los que, con una sonrisa, siempre con una sonrisa, muestran su agradecimiento, que los argumentos que yo pudiera esgrimir empequeñecen ante los de ellos.

Pero quisiera destacar algunos, entresacados de todos los vistos, que me parecen absolutamente heroicos: gracias por ser valientes y gracias por no dejarnos solos.

Valentía frente al desánimo, valentía frente a la enfermedad, atendiendo espiritualmente y de compañía a los afectados, haciendo que nuestro ánimo no decaiga, trayendo luz, fe y esperanza a un mundo que transita por las tinieblas del miedo y la incertidumbre. Valentía frente al poder del César, valentía en la palabra y el discurso, ejemplo de fe, ejemplo de humanidad, ejemplo de hermano.

Y gratitud inmensa por no dejarnos solos, por saber que estáis ahí, que vuestro teléfono responde ( ese sí) a las llamadas de quienes os necesitamos; que vuestra puerta se abre cuando llamamos a ella, y que nuestra cruz encuentra ( como decía mi querido Jose Castilla), y a veces sin pedirlo, un Cirineo dispuesto a compartir su carga por muchas dificultades que presente el camino.

Gracias por no abandonar a nuestros fallecidos, por ser sinceros en el abrazo y solemnes en la despedida.

Gracias por olvidaros de vosotros mientras pedís por nosotros; por pensar en los demás como un padre en sus hijos. Gracias por ser un ejemplo.

No me pueden extrañar las sonrisas de todos los que he visto agradeciéndoos tanto, sonrisas que contagian alegría, por el ejemplo que son de fe y de esperanza.

Y gracias por decir la verdad. Ésta sólo tiene un camino y es recto. 

¿Se imaginan ustedes una rueda de prensa de los sacerdotes de nuestra Diócesis?

Nada mejor para saber la verdad de cuanto acontece, de las necesidades acuciantes, los esfuerzos de los sanitarios, las horas de insomnio, la lucha encarnizada contra la muerte.

La trinchera contra la pobreza, las labores humanitarias, los gestos solidarios, las tristezas y las alegrías de nuestros vecinos, el llanto inconsolable por la pérdida del ser querido, cruces todas ellas que asumen nuestros sacerdotes, sin que hagamos más cuentas de ellas en esta sociedad de conciencia alterada que las estadísticas heladas del poder del César, ajenas a la inconmensurable misericordia que nuestros curas atesoran.

Gracias por recordarnos con vuestro ejemplo que estamos vivos, y que nuestra vida sólo encuentra sentido cuando el amor se erige en la auténtica ley a seguir. Gracias por recordarnos que Dios está vivo.

Este confinamiento social nunca podrá retener la generosidad de vuestra alma. Sois maestros de la verdad, y ésta, cuando se predica y se enseña con el ejemplo, sobrepasa los muros de la intolerancia, del desánimo y del miedo

Que la Magdalena unja vuestros pies para el descanso, porque mañana tendremos que seguir agradeciendo vuestro sacrificio.

PDA: Protégelos bajo tus alas, San Rafael.

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