El deporte no es lo mío


He sido remiso siempre a escribir sobre este tema, pues no destaco precisamente por mis cualidades de deportista, y aun cuando suelo encajar bien los golpes no por ello participo de los deportes de contacto más allá de la horizontalidad que ofrece el sofá.

Lo reconozco, soy un vago en esas lides.

Pero es que, además, cuando pregunto a los allegados me entra un no sé qué de culpabilidad que me avergüenza de forma supina.

Mi querido Jesús Bernabé, el día que menos, treinta kilómetros en bicicleta ( estática por supuesto, que no está el horno…), una hora de perrita, que es como el running en tiempos de pandemia, y unas cuantas subidas y bajadas de escalera. Mis hermanos, que si tablas de gimnasia con más posturas que el kamasutra ( que todavía si…). Otros amigos, como no pueden ir al gimnasio, pues yoga, pilates…y mis vecinos, unos pegando botes a base de bacalao, que no sé cómo no se descoyuntan, y el más prudente, pues unos diez kilómetros de paseo por la terraza y por sesión,que digo yo, querido Ramón, que cuando puedas salir vas a coger una avenida recta y no te lo vas a creer.

Y mis hijos, esos locos como decía Serrat y ya no tan bajitos ( cómo pasa el tiempo), que no te dejan respirar , desayunos, comidas y cenas a mantel puesto, y que encima se permiten el lujo de criticarte y lo que es peor,  la osadía de aconsejarte.

Pero claro, el tonto es un servidor que les hace caso.

De tanto ver a Pablo Motos a la hora de la cena, me dio por seguir, ante la insistencia de ellos, los consejos del locutor, no ya sobre cómo afrontar psicológicamente el encierro, que para mí que él está peor que yo, sino sobre unos ejercicios en teoría fáciles para los que nunca, o casi nunca, hemos practicado deporte.

Y no es que el que escribe no haya disfrutado las mieles de la adrenalina, aunque en realidad me gustaba más la cerveza a posteriori, pero es que los deportes siempre me han salido caros, por adversos.

Cuando jugaba al fútbol, disciplina en la que siempre me consideré un buen portero ( evidentemente el puesto que más se adaptaba a mis características), acabé tras un balonazo con una inflamación en salvas sean las partes, que hasta el médico de urgencias al que me llevaron se asustó cuando vio algo parecido a los atributos del toro de Osborne.

Salvado lo más próximo que he estado a la pérdida de mi condición masculina, me puse a jugar al padel, deporte en el que empezaba a tener buenas sensaciones, hasta que pasó lo que tenía que pasar, pues en una pelota contra la pared, acabé dándome un raquetazo en las gafas que precisó de ayuda oftalmológica por la de cristalitos incrustados. Ni que decir tiene que pasé a las lentes de plástico, porque del padel ni hablamos.

Y si es la carrera, el footing o el ciclismo, lo primero que pillo, y a no más de dos entrenamientos, es una sinobitis de cadera que me tiene en reposo obligatorio una semana.

Y todo esto no es cuestión de la edad, queridos lectores, que todas esas peromias ( palabra lucentina que siempre me ha hecho gracia),  me alcanzaron sin haber llegado a los cuarenta.

Pero a lo que iba. Escuchando al director de “el hormiguero” decidí hacer cuatro cositas de nada, unas sentadillas, algunas flexiones a medio camino, es decir, aquellas que se hacen no en el suelo sino sobre un mueble a una altura prudencial que permite concluir el recorrido, unos abdominales y una cosa que se llama “el supermán” y que silencio contarles en qué consiste, pues tras realizar los ejercicios anteriores y al primer intento del supermán, una especie de corriente eléctrica de  doce mil voltios como mínimo me recorrió la cintura, y hoy, tras cocinar en un taburete y subir a gatas las escaleras, que no me siento las piernas, he logrado sentarme para escribir estas líneas, ligeramente inclinado hacia delante, que si pretendo ponerme derecho veo las estrellas. 

Menos mal que mi amigo Pedro Álvarez me ha mandado una canción de Vittula, que me ha alegrado el día.

¡Si es que lo mío es la música!

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.