El pacto y la caverna


Leo esta mañana una entrevista al que es padre de la Constitución, D. Miguel Roca Junyent, y reconozco que no puedo estar más conforme con sus argumentos. A días del intento que se respira de reeditar los pactos de la Moncloa, palabras como unidad, renuncia, suma, entendimiento, acuerdo…inspiran ese ánimo buenista que atesoro a pesar de los pesares.

Pero no es menos cierto que el segundo acto de esta obra teatral que vivimos, tiene el gran problema del director de escena, pues al oficial, Iván Redondo, le está saliendo la competencia de ese personaje a medio camino entre el existencialismo de Sartre y lo caduco de los ochenta, que es el Sr. Iglesias.

Todo acuerdo se mide más por la renuncia que por la imposición de las propias ideas. Y en este juego es muy difícil, por no decir imposible, que las posiciones de intransigencia de este falso profeta auguren un resultado óptimo, pese a no deber arrojar la toalla antes de comenzar el combate.

Comenta el Sr. Roca a lo largo de la entrevista que ellos recibieron el legado de una dictadura, y ahora otros reciben el legado de una pandemia.

Pero creo que el desarrollo de esta escena va más allá, pues bajo la pandemia late, o parece latir, el irrefrenable deseo de una nueva dictadura.

El control de las masas (qué palabra más odiosa), que no es otra cosa que la vigilancia del individuo en todas sus esferas cotidianas, informatizando sus movimientos, que no sabemos si nos obligarán a llevar un chip, esa marca apocalíptica de la bestia que tan sólo si la tienes puedes comprar o vender y que será puesta a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos. El gran hermano al que llevan años acostumbrándonos con realities que convierten en personajes públicos admirados a sus participantes. La educación asimétrica de nuestros hijos, que acabará con los padres como manipuladores de una libertad tan ficticia como banal; la productividad justa y necesaria para desterrar la cultura del esfuerzo y la superación personal; la educación universitaria al servicio del régimen; el destierro social de los disidentes, la Iglesia…y así nos daría para un libro, que no pocos se han escrito sobre ello.

Y es que no leemos, tan solo vemos (estúpidos creyentes en lo de que más vale una imagen que mil palabras), y vemos lo que, como en el mito de la caverna, quieren que veamos, con las consecuencias innatas a tales imágenes.

Todo esto es una pesada losa, pues bajo el paraguas de la seguridad sanitaria, de la protección pública de la salud, cualquier intervención pública en nuestras vidas impedirá ver la realidad en un mundo de sombras. Ya han ocultado bajo nuestro miserable consentimiento a nuestros padres y abuelos, hoy será el control de nuestros movimientos, mañana el de nuestros hijos, pasado el de nuestra libertad de expresión bajo la excusa de la información veraz, la de ellos; y mientras tanto, esos mismos que pintan las sombras por las que nos movemos, tan sólo algún día suelto, y cada vez menos, a eso de las nueve de la tarde, escuchan de fondo el ruido inane de alguna cacerola.

Y espero que estos pactos no se hayan concebido como una cortina de humo que justifique un apretón más de tuerca a nuestras libertades, tras un fracaso premeditado y que como tal se haya fraguado en las cloacas del poder. Todavía albergo esperanza en el socialismo, ninguna en D. Pablo Iglesias.

Fuerza, empresarios y trabajadores; fuerza, partidos de la oposición, ayuntamientos y comunidades autónomas, y a todos, firmeza inquebrantable en las convicciones democráticas.

Ya estamos enterrando en la más absoluta soledad y vergüenza a nuestros mayores. No enterremos también su legado.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

 

 

 

 

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