Ficción y esperanza


Creo que ayer corrían las botellas de cava por los despachos del CNI tras las últimas revelaciones publicadas en los medios oficiales acerca de la investigación que, con absoluta discreción, se inició hace ya varias semanas y que ayer dio sus frutos: Rajoy, Mariano Rajoy, presidente del gobierno del reino de España en anteriores legislaturas, había sido sorprendido saltándose el confinamiento.

Un concienzudo reportaje fotográfico revelador del ilícito  llegó por azar a los principales medios oficiales del régimen, que comenzaron sus ediciones con la noticia en cabecera.

Inmediatamente, las distintas tertulias de opinión hubieron necesariamente de abordar el hecho, hasta el punto de que algunos comentaristas llegaron a proponer manifestaciones, virtuales, eso sí, ante la sede del partido popular en la madrileña calle Génova, a fin de pedir su dimisión. No se sabe bien de qué, pero su dimisión.

Dicha circunstancia constituirá sin duda un escollo para las negociaciones que el presidente Sánchez ha propuesto al partido popular en la reedición de los pactos de la Moncloa, que pasarán a llamarse “Acuerdos programáticos para la estabilización sanitaria y la reestructuración económica nacional”, donde se prevé una encarnizada defensa por parte de la corriente intervencionista al frente del ejecutivo, representada por el Vicepresidente Sr. Iglesias, en la imposición de nuevas líneas directrices de la economía nacional que, alejadas de las opiniones de expertos económicos al servicio del capitalismo salvaje que nos ha llevado a esta situación, afronte, desde la política, la nacionalización de los principales sectores económicos, para la creación de un nuevo Estado progresista acorde a las necesidades de todos los españoles y que constituya un ejemplo para una Europa “en común”.

Lo anterior, a salvo el desliz de Rajoy, cuya ilícito para mi gusto no es que saliera a correr, sino cómo se contonea, es evidentemente ficción (por ahora), pero presenta un escenario al que no va a ser difícil que nos tengamos que subir en las próximas semanas.

Que la culpa de todo lo que está ocurriendo es del fascismo, en alianza con el capitalismo y una buena dosis de machismo, es un criterio más que asumido por la corriente intervencionista del gobierno. Y digo del gobierno y no de Podemos, porque mucho me temo que, a excepción de Calviño, nuestra paisana, Margarita Robles y algún otro, Iglesias va fagocitando poco a poco, como corresponde a su estrategia del abrazo, al resto de timoratos ministros faltos de personalidad, al servicio de un presidente que ha calculado mal su estrategia de supervivencia y que, acosado y sin duda angustiado por las circunstancias, ve en su aliado la estrategia, fuerza y personalidad que no encuentra en su propio partido.

Pero si alguien pudiera iluminarlo y hacerle ver lo contrario, como al rey Zeoden liberó Gandalf el blanco (quien no haya leído el Señor de los Anillos, que aproveche), aún habría un hilo de esperanza.

Los pactos de la Moncloa se organizaron con una conciencia común de Estado y un deseo irreductible de asentar la democracia, y así como cada uno dio, cedió o renunció a algo, cual contrato civil de transacción, se evitó el caos que era previsible de intuir tras cuarenta años de exilio (y de persecución, no lo olvidemos)  de las ideas socialistas y comunistas en este país.

El marxismo se desterró como base programática en el socialismo, y se reconvirtió en eurocomunismo en las filas del partido de la hoz y el martillo. La derecha, que ya venía descafeinada desde los tecnócratas, y más aún desde que Fraga se fue a Londres de embajador, apareció al abrigo de una democracia cristiana llena de valores, y el que más, la tolerancia. Y sólo así conseguimos, mejor dicho, consiguieron nuestros padres y abuelos, traer a España los mejores años de paz y progreso de nuestra reciente historia.

Alejarnos de estos criterios constituye un riesgo tan absurdo como innecesario y más aún ahora, donde se requiere unidad por encima de todo. Estoy convencido (hasta Tezanos así lo estima), que la mayoría amplia de los ciudadanos de este país así lo quieren.

Si estamos cansados de ver esas reuniones de los mandatarios europeos de las que salen de madrugada y muchas de veces ya de día, si no tienen que continuar previa ducha y aperitivo hasta que lleguen al acuerdo, ¿por qué no pueden hacerlo los nuestros? ¿no podrían aparcar por unos días el sectarismo o el miedo?

Me preocupa enormemente la falta de autocrítica en la derecha, la ausencia de esa capacidad innata a regenerarse tras los fracasos. Sr. casado, quieto no va a ver caer el régimen por su peso; antes bien, lo verá y lo veremos consolidarse a base de zarpazos a la economía y a las libertades.

Por eso el partido popular debe ahora, más que nunca, demostrar su auténtica vocación de servicio a los españoles, su condición de contrapeso necesario a las políticas extremistas, y su capacidad de imaginación e ilusión para evitar el desamparo que muchos nos tememos. 

Y para eso hay que ir a Moncloa, a Bruselas, al Palacio de la Generalitat, y hasta al chalet de Galapagar si hace falta. Y si no lo llaman, se presenta usted, como cualquiera de nosotros haríamos si lo que está en juego es la salud y el futuro de nuestras familias. Es heredero de aquella democracia cristiana cuyos valores sirvieron de guía para la lucha democrática. Los españoles necesitan que haga gala de su condición de líder de la oposición. Ejerza como tal desde la lealtad institucional y la defensa de las libertades de los españoles, y busque consensos, puntos comunes de encuentro, o al menos inténtelo, que los españoles somos ya mayores de edad para ver quien actúa de un modo leal y sincero.

Y si es necesario, salga usted a la calle,… pero no como Rajoy, por favor.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.