La tercera levantá


Mi plaza es como un jardín pequeño robado a la ciudad. Más en estos días en los que apenas nadie se sienta en sus bancos, ni siquiera un mendigo que gustaba de dormir en ellos y cuya ausencia reconozco me tiene preocupado por su salud, que no por su presencia, porque sus ronquidos entraban por la ventana como las sirenas de la policía.

Ahora, sin embargo, al margen de quienes limpian la ciudad y a quienes tanto debemos, se oye por las noches un cuclillo, y esporádicamente lo que sin duda es una lechuza, pues deja un inquietante chillido agudo a su paso.

Los días, estos días, pasan apacibles si hay sol. Colándose entre sus naranjos ofrece un espectáculo de pintura costumbrista. La primavera ofrece la auténtica luz de córdoba, la genuina, o al menos la que a nosotros nos gusta, por aquello de que lo único es efímero y autóctono, como las flores de azahar, cuyo aroma perturba la más tímida conciencia, esparciendo una mágica bruma de espiritualidad en las lunas llenas de Semana Santa.

Y el atardecer, con esos colores tan especiales que da nuestro cielo, te fuerza inexorablemente a subir cuan alto puedas a contemplar cómo se despide el día bajo la atenta mirada del San Rafael del puente romano, asomado al oeste como si protegiese la luz en su último tránsito por la ciudad, esa luz malva que va dejando paso a una luna tan llena como la esperanza de todos nosotros en un pronto final  a esta situación.

En esa hora bruja, de magia blanca, en que el día se ausenta, gustamos de ir al patio de los naranjos de nuestra Mezquita-Catedral, que ningún templo del mundo participa de un respeto mutuo a un solo Dios como el nuestro. Y entre otros naranjos más antiguos que los de mi plaza, las imágenes transitan a ritmo de pasión, poco a poco, una tras otra, acompañadas de una música envolvente, hipnótica y rebosante de belleza, como los pasos que corteja.

En mi plaza vive un vecino, que localizo pero al que no conozco, que ha decidido convertirla en carrera oficial de esta Semana Santa insólita, pues en ese ocaso mágico de estos días, nos deleita con una música excepcional, de lo mejor que he oído en tambores y cornetas, que a nada que cierres los ojos pasan ante ti todas esas imágenes que han ido dejando huella a lo largo de tu vida, sea cual sea su pueblo o su ciudad, pues en el fondo todas son de una misma patria, un corazón que recibe con palmas, llora la pasión y muerte, y se exulta con la resurrección de Jesús.

Tal vez sin saberlo, o a lo mejor no, pero él ha conseguido ser el costalero de mi plaza. Ha logrado que cada tarde al anochecer suba presto a la azotea a meditar entre redobles de caja y solos magistrales de trompeta, mientras el alma, de conocimiento más ancestral e infinitamente mayor que la mente, contempla los pasos de Semana Santa redoblando esquinas con esa lentitud eterna indescriptible, o esas levantás precedidas del grito de empuje de un capataz y el sentir oculto de un costalero.

Reconozco en la música una de mis debilidades, y retengo en la memoria cómo de pequeño, en las calles de Aguilar o Santaella, corríamos la pandilla detrás de esos romanos que nos parecían sacados de la película que, todas las tardes, nos ponían en la televisión de la época. Y continúo, si no corriendo detrás, atento al sonido que envuelve un escenario único, con las calles llenas de gente, cuyo estruendo se silencia al paso del trono y el toque que marca el rasgueo en el suelo de la zapatilla negra que asoma bajo las andas.

Son las 20:30 de la tarde, y empiezo a oír de lejos el sonido de mi plaza. Hoy la levantá se la dedico a ese costalero que desde su terraza nos recuerda a todos el tiempo en el que estamos.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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