Las modas

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Querido diario, busco por Amazon unas zapatillas cómodas para estar en casa, y las que me han parecido más razonables en relación calidad/precio tardan en llegar algo así como siete semanas. Por curiosidad indago en otros productos, como mascarillas y guantes, y respecto de las primeras, el tiempo estimado es de tres meses. De locos.

Es cierto que hay unas zapatillas en stock que  pueden ser servidas en un plazo de cuatro días, pero es que hay que tener estómago para ponérselas. Son una especie de zapatones de payaso, con sus rombos de colores y un filo en lo que imita ser lana de borreguito blanco, que a nada que me las pusiera me echaban de casa mis propios hijos.

Así que llevo toda la mañana buscando algunas, ya sin ser exigente, pero con un mínimo de pudor, que al ponérmelas no me avergonzaran y que me las trajeran a ser posible antes del verano, que al ritmo que llevamos y sin ser agorero, de aquí no salimos hasta finales de junio.

Al final, en el corte inglés, como siempre,  cinco euros más baratas, y además las tengo en cuarenta y ocho horas.

Pero qué me dicen ustedes de los modelitos que vemos por ahí. Porque estos días cuando sales, y el ratito que lo haces, te encuentras un congénere (un humano, vamos), que no un jabalí, un ciervo o una bandada de patos (por cierto ayer había una pareja de somormujos en el pretil de mi azotea amenazando los muy…con ocupar ilegalmente el lugar de esparcimiento por excelencia de esta casa, hasta el punto que uno de ellos, con el trasero apuntando hacia dentro, hizo sus necesidades sin  ningún complejo y como si de su casa se tratara), al margen de las ganas de abrazarte a quien crees que es el único superviviente de esta serie postapocalíptica que vivimos, como no puedes, intentas buscar rastros conocidos en su fisonomía, que con la mascarilla, el abrigo y algunos con gorro ( como si les fuese a entrar el virus por la calva), no hay posibilidad de atinar más allá de que te salude con el brazo, a lo que contestas mecánicamente, que si fuera tu tendero lo saludas como si se tratase de tu hermano.

Visto que lo de identificar astronautas no es lo mío, ya he pasado a curiosear sobre la vestimenta, llegando al convencimiento que nos hemos retrasado en el tiempo algo así como 40 años, que llevaba sin ver pantalones de campana, zapatillas azules con cordones blancos, cuellos de camisas de pico de metro y medio, faldas hippies por debajo de los tobillos y chandales apretados desde que a mi padre le dio por jugar al tenis a finales de los setenta.

¿Y qué me dicen del calzado? Porque yo pensaba que las zapatillas de la tórtola, los zapatos masculinos con su poco de tacón, o los de punta fina se acabaron después de “fiebre del sábado noche”. ¡Qué va! Estaban guardados esperando su momento, por eso de que las modas vuelven, en el convencimiento que el virus se aleja cuando ve aparecer un esperpento.

En fin, esperemos que lo de los cuarenta años atrás lo sea sólo en la ropa y no en nuestras condiciones de vida, objetivo bolivariano sin duda, y contra el que tendremos que combatir, y por supuesto, siempre desde la palabra, aun cuando ésta empiece a verse como elemento subversivo ( mucho ánimo Herrera, Carlos).

Mientras tanto me voy a hurgar en el baúl del abuelo, que seguro encuentro una guayabera que me encantaba, y así me voy adaptando a lo que está por venir.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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