La primera levantá

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Entre ellos estás tú, querido Javier, hermano del alma, que en el hospital de Segovia te estás haciendo un hombre con mayúsculas y un ejemplo para todos nosotros

Querido diario, asomo al Domingo de Ramos levantándome temprano, que hoy mi afición a la cocina me ha llevado a preparar unas fabes que tenía guardadas desde el verano y descubrí la otra tarde mientras ordenábamos el mueble de la despensa. Como todos ustedes saben, y si no aquí está su consejero culinario, las fabes, en remojo desde la noche de antes, deben ponerse a fuego lento en olla  con agua que las cubra ligeramente y han de irse asustando, es decir, añadiéndoles agua fría, al menos tres veces, conforme se vaya consumiendo la de la cocción, hasta que adquieran la mantecosidad que le es tan característica, para posteriormente (en mi caso eran con almejas) incorporarles el sofrito que contiene el molusco nada más abrir, y cocerlas a fuego siempre lento no más de media hora.

Pero claro, como el hombre propone y luego Dios dispone, al aparecer mis hijos, que por cierto ya tenían preparada por un servidor la masa de unos churritos, visto el aprecio que le hacían al plato, me han hecho cambiar de opinión ( mañana estarán mejor), y me he puesto manos a la obra con una paella, plato dominguero por excelencia, al que no me corto nada en decir que le añado chorizo, no sin reconocer que sigo echando de menos los domingos la cocina de nuestro Sr. Martínez, D. Antonio y su señora, Doña Paula.

Tras cabrearme con la página web de la parroquia, a la que no había manera de acceder ( próximo reto del consejo económico y social, compañeros), puse la santa misa desde la catedral, y como además no estoy sujeto a voto alguno de obediencia, salvo el de mi condición de casado, puedo decir abiertamente que tras escuchar dos homilías en esta crisis del Sr. Obispo, he descubierto que usa un tono tan reconfortante como el contenido de sus palabras y, sinceramente, me he sentido bien, muy bien.

Tras terminar la misa he salido al patio a fumar un cigarrillo. Como buen pecador mantengo algunos vicios, cada vez más efímeros y banales pero no por ello menos dañinos, si bien visto, no es el mejor momento para intentar dejarlos.

Y en ello estaba cuando mi hijo me avisa de que alguien había puesto música de semana santa en la plaza, a lo que, con la celeridad de un niño, he acudido para escuchar esas notas tan genuinas.

Parece mentira que los sonidos de las cornetas generen esa sensación tan indescriptible en algunos, entre los que me encuentro.

Sería la hora en que la borriquita regresaba ya a su templo de San Lorenzo, y por mi mente, más por mi corazón, han pasado todos los momentos vividos años atrás, con los hijos todavía pequeños, en los que, al paso por Las Tendillas, uno en coscoletas, otro en brazos y alguno en el carrito, celebrábamos con alegría el inicio de la Semana Santa.

Guardo en el recuerdo el gesto de mi esposa, apretando mi brazo, que reflejaba claramente ese sentimiento que recorría sus venas, de asombro, de amor a la belleza, de indudable respeto, y sobre todo, de amor.

Muchos hablan del espíritu de la Navidad. Y está bien. Pero lo que a mí me llega como una bocanada de aire fresco, de regeneración espiritual, es la Semana Santa.

Y hoy, en esa pequeña anécdota de un altavoz sonando al aire de nuestra Córdoba, he vuelto a sentirlo.

Esta tarde, como mañana y todos los días a las ocho, habrá que aplaudir la salida de la auténtica procesión que recorre las calles de nuestro país entero, la de unos penitentes, con mascarilla y guantes, batas a modo de túnicas y un corazón entregado al prójimo, que están siendo un ejemplo de entereza, de vocación y de sacrificio por y hacia los demás. Entre ellos estás tú, querido Javier, hermano del alma, que en el hospital de Segovia te estás haciendo un hombre con mayúsculas y un ejemplo para todos nosotros.

Que esta primera levantá vaya por ti y por tus compañeros.

PDA: Protégenos bajo tus alas, San Rafael.

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